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jueves, 22 de mayo de 2014



Hoy me duele la presencia de tu ausencia. Hoy me atormenta lo que une la distancia. Hoy me falta espacio… para tanto vacío.

Lyro

lunes, 7 de abril de 2014

Destino Compasión








Sola, en un andén, con las maletas llenas de ‘autosentencias’ que nunca terminé de admitir, me protejo de la lluvia de lágrimas con el paraguas del orgullo. Suena una voz megafónica: “Cercanías con destino a la Compasión efectuará parada en el andén principal”. Y entonces me doy cuenta de que para subir al tren que se aproxima, es necesario cerrar el paraguas.


Tomo asiento junto a una de las ventanillas, respiro hondo, miro a mi alrededor y observo las escenas que ante mis ojos se manifiestan en aquel vagón. Los demás pasajeros parecen no advertir mi presencia.


“¡Otra vez llego tarde! – exclama un hombre con aspecto de ejecutivo, hablando con alguien por el móvil - ¡Siempre llego tarde por tu culpa! Las oportunidades llegan y tú nunca estás donde deberías estar. ¡Pareces tonta!”.


No sé quién puede estar al otro lado del teléfono móvil ni cuál será su error o su culpa, pero creo que no merece ese trato. Me compadezco de ella sin saber quién es o qué es lo que ha hecho…


Sentadas en otro compartimento, dos adolescentes que parecen haber salido de una serie de Disney Chanel, comparten una revista. Parece ser que se sienten “perfectas” y con autoridad moral para destrozar sin piedad a una de las protagonistas de su revista. En tan solo un par de minutos han criticado su pelo, sus ojos, su nariz, sus dientes, su piel, su barriga, su ropa, sus zapatos, su sonrisa, su postura, sus arrugas, su celulitis y su estilo en general, al que han declarado oficialmente como “del montón”.


No sé quién es la chica de la revista que está siendo víctima del maltrato de estas dos cabezas huecas, pero pienso que no lo merece. Me compadezco de ella sin saber quién es ni cómo es…


Desde los asientos que están justo detrás de mí, me llega el sonido estridente de una voz enfadada:


“Pero ¿dónde crees que vas? – reprocha la voz – Eres incapaz de conducir un coche, incapaz de ganar suficiente dinero como para no depender de nadie, incapaz de organizarte para llevar a cabo con eficacia todas tus responsabilidades como madre, como profesional, como mujer, como ciudadana, como hija, como hermana, como amiga, como vecina… Veinticuatro horas no son suficientes para ti, pero el día tiene veinticuatro horas y es perfecto. La que tiene el problema eres tú, que no naciste con la energía suficiente, con la capacidad de planificación y acción que hay que tener para triunfar en la vida y ser feliz”.


¿Triunfar en la vida y ser feliz? Me pregunto si esta persona no se da cuenta de que la felicidad tiene poco que ver con triunfos externos, con planificaciones, organizaciones, capacidades, habilidades o dinero. La felicidad no te la da una circunstancia, ni siquiera es una actitud, aunque la actitud te acerca a ella. La felicidad es una decisión. La eliges cada minuto, cada segundo de tu vida…


No sé quién es la pobre que está soportando el chaparrón de impertinencias de esa voz que escucho detrás de mí, pero no merece tales desconsideraciones. Me compadezco de ella sin saber quién es ni cómo piensa…


Un vaivén algo brusco del tren, detiene mis pensamientos. Miro por la ventana y veo que hemos llegado a nuestro destino. Las puertas se abren y bajan todos los pasajeros, pero cuando yo voy a salir, se cierran de golpe las puertas, dejándome encerrada y sola en aquel vagón.


Golpeo la puerta y grito: “¡Abran la puerta, por favor!”. Nadie parece verme ni escucharme…


El tren se pone en marcha: “¡No puede ser! ¿Qué hago?” – Pienso en voz alta – Ya sé. Voy a buscar al maquinista…”.



Intentando mantener el equilibrio voy pasando de un vagón a otro hasta que llego a la cabina del maquinista:


- “Disculpe – le digo, tímidamente- yo quería bajar en la parada de la Compasión pero se me han cerrado las puertas bruscamente y…”.


- “¿Tienes el certificado en regla? – me pregunta, mirándome a través de una especie de espejo retrovisor”.


- “¿Qué certificado? – exclamo, poniendo cara y gesto de no estar entendiendo absolutamente nada – Pero si ha bajado todo el mundo…”


- “No ha bajado nadie. Ibas tu sola en el tren, querida”.


- “¿Cómo?”


- “Si, lo que oyes. Todos esos pasajeros eran proyecciones de tu propia mente que intentan hacerte comprender algo: No hay nada que hayas escuchado de ellos que no te lo hayas dicho tú a ti misma…millones de veces. Sin embargo, eres capaz de compadecerte de cualquier persona, sin conocerla, sin verla, sin saber cómo piensa como es o qué ha hecho. La pregunta es sencilla: “¿Por qué no sientes la misma compasión hacia ti? ¿dónde está la comprensión, la empatía y la capacidad de valorarte a ti misma como valoras comprendes, empatizas y te compadeces de los demás?”



Agaché la cabeza y, volví a mi vagón. Me senté de nuevo junto a la ventana y esperé a la siguiente parada. Me quedé un poco adormilada hasta que una leve sacudida me abrió los ojos otra vez. El tren se había parado. Miré por la ventana y descubrí mi nuevo destino. La luz radiante del sol me invitó a dejar mi paraguas en el viejo tren. No lo iba a necesitar.


Al bajar se cayeron las maletas, abriéndose, y de ellas salieron volando cientos de mariposas de todos los colores. Siguiendo la trayectoria de su vuelo, mi mirada se cruzó con un cartel que decía: “Bienvenidos a la Estación de la Autoobservación. Desde aquí podrá solicitar su certificado de admisión para desplazarse hasta las paradisíacas playas de la Empatía, la Comprensión y la Compasión”.


martes, 1 de abril de 2014

La Reina de tu Vida





Ahí estás…fascinada y temerosa a la vez, ante el espejo. Esa extraña ventana en la que ves a ese ser que te han dicho que eres. Pero…no te reconoces, ¿verdad?

“Nada de lo ajeno me es humano”, cita Roberto en clase a Publio Terencio…mientras tú piensas que todo lo humano te es ajeno. Siempre ha sido así. Te miras y ves a un ser tan pequeño, tan frágil, tan…insignificante. Pero agudizas la mirada y detrás de esos ojos oscuros presientes algo grande, tan grande que se siente terriblemente limitado en ese cuerpecito lleno de necesidades. “La Reina” como te gusta llamarla…está dentro. Se mira al espejo y no da crédito: “¡Si el mundo supiera quien soy!”.

La Reina puede volar y tomar la forma que más le plazca en cada momento,  puede mover objetos y deslizarse por el espacio tiempo cuando quiera…pero por alguna razón, está atrapada en un cuerpo humano. ¿Quiso experimentar o fue castigada por su arrogancia o el mal uso de sus poderes?

La Reina, a veces…te maltrata. Te llama “inútil” y “mediocre”…y te hace llorar. Pero… ¿te cuento un secreto? La Reina te tiene miedo porque sólo puede vivir a través de ti esta experiencia humana y te quiere controlar, dominar y manipular para que sigas pensando que es ella la que manda…pero sabe muy bien que no es así.


Yo voy a hablar con ella, y se va a sentir avergonzada por haberte tratado mal…y te pedirá perdón. Luego, será tu amiga si la dejas…y a través de ti experimentará la dicha de ser un ser humano imperfecto pero único en el universo. 

Y tú, gracias a ella, sentirás que eres poderosa y que eres la Reina de tu Vida, única y legitima soberana de tu Destino.

lunes, 3 de febrero de 2014

“Yo sólo quiero ser perfecta”
                                Nina Sayers (Black Swan/Cisne negro)


“No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos”, dice el Talmud, pero… ¿cómo somos? ¿Alguien lo sabe?
Ayer soñé con una niña de pelo ondulado y ojos café. Estaba hablando sola, mirando hacia el infinito y utilizaba un lenguaje impropio de la edad que parecía tener:
“Desde que tuve uso de razón -decía - aspiré a la perfección. Quería para mí todas las cualidades y condiciones óptimas, todas las actitudes y aptitudes positivas…y era muy, pero que muy consciente…de que no tenía nada de todo aquello que yo anhelaba. Y la culpa era mía y del mundo…
En algún momento de mi niñez asumí la responsabilidad de no hacer nada que pudiera “disgustar” a mis padres. Posiblemente, verles sufrir por el comportamiento “inadecuado” de mis hermanos mayores, influyó mucho más de lo que cabría esperar.
Yo me adjudiqué el papel de impoluto “cisne blanco”: la niña buena. En algún momento de mi adolescencia pude entender que mis padres eran seres humanos corrientes y cometían errores…y yo no podía responsabilizarme de su felicidad. Pero ya era demasiado tarde: en mí estaba integrada y asumida la creencia de que “hay que ser perfecto para ser querido”. Pero… ¿querido por quién? ¿Por todos los demás? Tal vez…aunque sospecho que la persona más exigente conmigo soy yo. Realmente, a fin de cuentas, de quien he estado huyendo y a la vez buscando aceptación…ha sido de mi misma. La sentencia es firme: Soy incapaz de quererme porque soy incapaz de ser perfecta…en algo, lo que sea. La mediocridad me mata”.
Entonces bajo la mirada y nuestros ojos se encontraron, entonces advertí que sujetaba entre sus manos un cisne, de color gris:
“Al igual que Nina Mayers, - siguió - en la película “Cisne Negro”, hubo una etapa de mi vida en la que pensé que enfrentarse a la sombra era…convertirse en la sombra: ser capaz de ser cisne blanco y cisne negro, pero descubrí que al ser el cisne negro….estaba matando al cisne blanco. Y no se trata de eso: Yo no soy un cisne, evidentemente. Y con esto quiero decir lo que estoy diciendo: Yo soy “algo” que contiene a los dos…que observa a los dos, sin creer que es ninguno de los dos.  El perfeccionismo me ayuda tanto como la ira…el secreto está en la dosis justa y en mantenerse, pase lo que pase…en la observación. La verdad es que si observo, me doy cuenta de que todo ha sido, es y será perfecto tal y como fue, es o sea”.
En ese momento, pensé que el cisne gris que sujetaba la niña debía de representar la unidad del blanco y el negro, pero no pude evitar hacer un juicio: pensé que no era lo mismo, no era tan bonito…resultaba algo mediocre. La niña, como si me leyera el pensamiento, puso a aquel cisne grisáceo en mis brazos y luego sacó de un bolsillo de su vestido un espejo:
“Mira aquí – me dijo –...a veces, necesitamos espejos para ver mejor”. A través del espejo pude ver que en mis brazos había un espectacular cisne cuyo plumaje no acierto a describir. Nunca había visto nada igual…El arcoíris era la única palabra que llegaba a mi mente y que podría acercarse a aquel espectáculo visual. Al otro lado del espejo, mi mediocre cisne gris era…algo así como un ser “divino”.
“Así podemos vernos - dio la niña –  cuando aprendemos a observar”.
A través del espejo, pensé…esa es la clave: es a través de los demás, dónde podemos ver con nitidez proyectada nuestra luz y nuestra sombra. Cuando entendemos esto, dejamos de juzgar…dejamos de juzgarnos. Y sabemos, tenemos la certeza, de qué es lo que hay que hacer. Y sabemos que no hay errores, hay consecuencias, hay aprendizaje…y todo es PERFECTO.
“Yo sólo quería ser perfecta – me decía la niña sonriendo – y aprendí que sólo puedo serlo en la medida en que sea capaz de ver la perfección en todo lo que me rodea… sea como sea”.

martes, 1 de octubre de 2013

La araña mística



     


Mi mente no se calla ni debajo del agua. Es más, parece que el chorro de la ducha activa algún misterioso mecanismo de hiperactividad neuroquímica, porque todo intento de no pensar mientras me entrego a la caída del agua sobre mi cabeza, desemboca en estrepitoso fracaso. Claro que, los fracasos son oportunidades disfrazadas…y a mí me encanta desenmascarar misterios.

Ayer, la “culpable” de mi fallido intento por no pensar, fue una diminuta araña patilarga que hacía lo imposible por subir por el mojado y resbaladizo azulejo de la pared. A primera vista me pareció una especie de pelusilla…pero enfoqué de nuevo y la vi: daba dos pataditas hacia arriba y resbalaba. Al imaginarme a aquel insecto resbalando y cayendo a mis pies, un escalofrío me recorrió la espalda. Una furia visceral se apoderó de mí  y cuando iba a aplastarla sin piedad…algo me hizo parar y pensar. La metacongnición se activó en mi lóbulo frontal y observé la situación objetivamente. Era yo contra una “pelusa” viviente. Las razones de mi miedo eran, no sólo infundadas sino que, además eran…absolutamente ridículas. 

Pero ¿por qué me daba miedo aquel diminuto ser que luchaba por alcanzar el siguiente azulejo sin caer al vacío? ¿Cuántas veces hemos tratado de aplastar aquello que nos produce un miedo irracional, sin detenernos a reflexionar sobre la causa de ese temor? ¿Hasta qué punto los miedos inconscientes nos hacen cometer estupideces?

Salí de la ducha, pensando en estas cuestiones, mientras me envolvía en mi toalla y le perdonaba la vida al bicho. Ella no lo sabía pero, en aquel momento yo era su diosa… ¡qué cosas!

Pasé la mano por el espejo para quitar el vaho y me encontré con alguien que me miraba al otro lado del cristal. Me miró a los ojos y me preguntó: “¿De qué tienes miedo?” Yo le respondí que me da miedo la tristeza, pero no cualquier tristeza sino esa que llega sin motivo, irracional, y que boicotea un momento mágico. Es como si, cuando eres feliz, surgiera para recordarte que no puedes serlo.

“¿Qué pasaba en el momento en el que apareció esa tristeza?” – me preguntó. Yo recordé cuándo lloré por última vez. Cuándo lloré sin motivo. Y fue en un momento en el que me sentía querida, mimada, acariciada...”No tiene sentido”, pensé. “Sí tiene sentido”, me dio ella: “Ve a tu infancia…y busca los momentos en los que te acurrucabas en los brazos de un adulto. Esos momentos en los que te acariciaban, te mimaban….busca y verás que lo hacían cuando estabas llorando porque te había pasado algo malo. Te caíste, te golpeaste, alguien te dijo algo que te hirió…y entonces, tenías consuelo”.

En ese momento, comprendí…. ¡claro, como no se me había ocurrido antes! Aprendí que para recibir abrazos, caricias, mimos….tenía que llorar. Por eso, ahora…al recibir esos gestos hacia mí… mi cuerpo, inconscientemente genera la química de la tristeza…mi cuerpo sigue creyendo que debe llorar para recibir abrazos y caricias…

“Recuerda a aquel místico sufí”, me dijo: “Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar dentro de ti, todas las barreras que has construido contra él”.

La del espejo sonrió complacida…yo miré de nuevo hacia la pared de la ducha y observé que la araña ya no estaba. Se había ido y, con ella, se fue… mi falsa tristeza.


lunes, 16 de septiembre de 2013

Corazonadas...





A veces, en el camino de la vida, “tropiezas” con algo extraordinario. Algo que te atrapa por su energía, por su belleza, por la magia que desprende… pero, en lugar de aceptar “el regalo”, disfrutarlo y agradecerlo; en lugar de permitir que entre en escena el corazón, que es el verdadero responsable del hallazgo, y dejar que tu alma se exprese libremente en el escenario de la vida…optas por llamar a escena a la mente.


Entonces piensas, razonas, analizas…y llegas a conclusiones como: esto no tiene sentido, esto no es posible, esto es demasiado raro, esto no es para mí, esto es complicado, qué pasará si…etc. Y, sin darte cuenta, estás "fastidiando" toda la obra por la que un montón de observadores (almas) anónimos han "pagado" para disfrutar...e incluso para aprender. Sin darte cuenta, estás paralizando el flujo de la vida, estás deteniendo el movimiento de las estrellas, y estás bloqueando tu propia vida, tu propio universo interior. Y todo...sin darte cuenta. 

Pero, el director de la obra lo ha previsto todo y, aunque el Génesis no habla de ello...hubo un octavo día de la Creación, en el que Dios dio vida a los "apuntadores" de sus obras. Tú compruebas la existencia de estos seres, cuando estás en ese escenario, con el personaje equivocado y escuchas un susurro...Puede que al principio no le veas porque te puede cegar la luz del foco que les suele acompañar. Pero la curiosidad seduce a la mente y acabas por ajustar el enfoque hasta que le ves: el “apuntador” (con alas, siempre llevan alas, aunque no las veas a la primera) te sonríe desde un discreto rincón... y  te recuerda el guión: “¡Eh! Mente fuera….esta escena es del corazón ¿no te acuerdas?”. Y tú…empiezas a recordar y tomas lo que sabes que te pertenece y lo empiezas a disfrutar, el tiempo que sea necesario, y simplemente aceptas, agradeces….y comienzas a hacer de tu mente, un lugar más acogedor para tu alma.

sábado, 17 de agosto de 2013


Resolviendo "Crucidramas"



Habíamos quedado a las ocho de la tarde en el ‘Café de las Horas’, muy cerca de la catedral. Echaba de menos las tormentas de verano, así que esa tarde del mes de agosto, el bochorno del ambiente y los nubarrones que se avecinaban, me confirmaban que con un poco de suerte, no tardaría en escuchar los truenos que me devolvían a episodios entrañables de mi infancia. El viento comenzó a dibujar remolinos en la plaza de la Reina y una bandada de pajaritos grises anunciaba escandalosamente su retirada. Sonaba el primer trueno, cuando entré en el viejo café…

Los aromas a madera, te, canela, granos de café recién molidos y nostalgia, me dieron la bienvenida. El juego de luces anaranjadas y la decoración, a caballo entre anticuario y santuario, me hacían sentir como una viajera en el tiempo. Recorrí con la mirada el conjunto de mesas y pude ver una melena blanca como las barbas de Papá Noel.

Ella estaba allí sentada, con la mirada absorta en el periódico que medio sujetaba con un codo, mientras hacía girar con la otra mano un elegante bolígrafo que hacía juego con el local. Acercándome a la mesa, aprecié un nuevo detalle: en la pared, justo detrás de ella, colgaba una estantería con unos libros y un ángel sentado vestido de azul índigo que sostenía una trompeta. No pude evitar recordar a mi vieja amiga Pilar (lo de vieja no es porque la conozca desde hace muchos años, sino porque ronda los ochenta). Según ella, experta en ángeles y en todo tipo de experiencias paranormales habidas y por haber (siempre dudé si era experta o adicta), posiblemente aquel ser alado era Gabriel, el Arcángel mensajero.

Me senté dando un suspiro. Ella levantó la mirada y me miró sonriendo con los ojos, como sólo saben hacerlo las personas sabias:

-         ¿Qué te pasa? Oigo truenos, pero no sé si la tormenta está ahí fuera o dentro de tu cabeza.

-         Lo de ahí fuera es un chaparrón de verano. Aquí dentro – dije, dándome un golpecito en la frente con los dedos – se avecina el diluvio universal.
Movió la cabeza riendo, dando a entender que lo mío no tiene remedio, aunque sus ojos decían otra cosa. Fue en ese instante cuando me di cuenta de que no estaba leyendo el periódico. Lo que la tenía tan concentrada era un crucigrama que por lo que observé, ya estaba medio resuelto.

-         Échame un cable – propuso repentinamente mientras señalaba su crucigrama ­- Con ocho letras: Quedarse detenida por algún obstáculo – volvió a clavarme los ojos tras haber formulado la definición y apoyó los codos en la mesa sujetándose la cara como si no le importara esperar un par de horas la respuesta. Yo no tuve la más mínima duda y le respondí triunfal:

-         Atascada.

-         Correcto – anunció complaciente mientras rellenaba las casillas con precisión.

-         Es curioso – repliqué - porque…así es exactamente como me siento ahora: atascada. Siento una maraña de ideas en mi cabeza que no consigo ordenar. Tengo la certeza de que todo está conectado y sin embargo, cuando intento atar cabos, hilar las cosas…todo se vuelve inconexo. Me da la sensación de que no importa el camino que tome porque todos me llevan a la misma dispersión. Es como si el mundo girara y todos tuvieran su lugar en el complejo engranaje de la vida…excepto yo – tomé un respiro y recordé lo mal que estaba durmiendo últimamente -  Ayer soñé que estaba en el andén de la estación de trenes del norte. Salían trenes, llegaban trenes…pero yo seguía en el andén sin saber a cuál de ellos subirme. ¿Cómo iba a subirme a un tren si no sabía adónde quería ir? Estoy harta de no saber de qué va este juego. De no saber a qué he venido, porqué y para qué estoy aquí – Miré hacia la ventana y escuché la lluvia que empezaba a caer con fuerza. Dos monjas cruzaban la calle, intentando sin éxito escapar del agua que les caía del cielo – No sabes la envidia que me dan todos los que tienen una vocación clara en la vida. Saben lo que quieren y van a por ello, aunque sea absurdo, aunque sea estúpido, aunque no tenga el más mínimo sentido para los demás. Cuando alguien quiere algo y no duda de lo que quiere…

-         Siempre paga un precio – me interrumpió con firmeza y me miró con cierta dureza – La seguridad tiene un precio: dependencia…en el mejor de los casos. En el peor: esclavitud. ¿Quieres ser una esclava? Adelante, puedes conseguirlo: créete todas necesidades que se supone que debes tener para ser una persona feliz en este mundo: vende tu talento y verdadera vocación a cambio de un sueldo; malgasta tu capacidad de amar buscando a una pareja ‘ideal’ que tenga todas las virtudes que a ti te faltan; pertenece a una familia unida a cualquier precio (las que te dan siempre la razón mientras acates las condiciones como miembro del clan son las mejores…); protégete al amparo de un sistema de creencias que te garantice que eres buena siempre y cuando cumplas unas normas; toma una píldora para adormecer todos y cada uno de los dolores de tu cuerpo y de tu alma y luego… muere y vuelve a empezar porque no te habrás enterado de nada.

-         ¿Pero por qué hay que elegir entre libertad y seguridad? Así es imposible ser feliz en este mundo… -protesté poniendo cara de víctima, esa misma cara con la que me levantaba cada día últimamente.

-         ¿Quién te ha dicho que hay que elegir? Si buscas cualquiera de las dos ahí fuera…no conseguirás nada. Como mucho un espejismo de alguna de ellas… Tú tienes la absoluta certeza de que el mundo es mucho más complejo de lo que nos hemos creído. Sabes que la historia oficial del mundo no es más que una versión y no tienes ninguna duda de que somos algo más que un cuerpo… Eso, querida, es tener seguridad y tus dudas son la evidencia de que piensas por encima de los límites diseñados por el paradigma establecido…y eso, es libertad – Me guiñó un ojo y siguió con su crucigrama. Yo me quedé pensativa y el camarero me devolvió al mundo físico:

-         Buenas tardes, ¿qué le pongo?

-         Un café granizado, por favor – necesitaba bajar la temperatura del lugar (se llame como se llame) en el que habitan mis neuronas.

-         Tenemos unos brownies recién hechos…

El aroma a chocolate voló hasta mi nariz. La miré a ella y me miró con una sonrisa pícara. Su cara decía: “Carpe Diem”.

-         Me has convencido – le dije al camarero con falsa resignación, como si llevara horas tratando de convencerme. Él me regalo una sonrisa sincera y salió de la escena. Yo volví a mirarla recordando sus últimas palabras y protesté:

-         Eso de la libertad y la seguridad...tienes razón, pero no puedo evitar pensar que es como tener la parte teórica aprobada y un montón de calabazas en la práctica. Se me acumulan las circunstancias y no sé por dónde empezar…

-         ¿Sabes qué es lo que más me gusta de los crucigramas? – volvió a interrumpirme con suavidad, con un gesto que preludiaba una respuesta metafórica – Los atascos. Si supiera todas las definiciones, hacer un crucigrama no tendría ningún sentido. Sería un mero ejercicio mental, demasiado fácil y, por tanto monótono y aburrido. Lo bueno de un crucigrama es cuando, una definición te obliga a reconocer tu ignorancia, a pararte y admitir que estás perdido. Es ahí cuando tienes dos opciones: seguir “atascado” pensado en la solución una y otra vez, con la pérdida de tiempo y el desgaste mental y energético que esta opción supone, o bien te dedicas a resolver aquellas que sí conoces y tratas de aprovechar las “pistas” que cada definición te da con respecto a las demás . El crucigrama te enseña que todas las definiciones están interconectadas y que cada vez que resuelves una…las estás resolviendo todas. No puedes solventar todo el crucigrama a la vez, debes ir paso a paso, pero curiosamente a cada paso que das, cada vez que resuelves una nueva definición, vas teniendo una visión más amplia. Algunas veces, la definición más difícil, se resuelve sola, porque mientras solucionabas las demás, sin darte cuenta ibas rellenando las casillas de aquella que constituía ‘el gran enigma’.

Entonces, dejó el bolígrafo y apartó el periódico. Puso sus manos sobre las mías y de nuevo, me miró con esa sonrisa en la mirada:

-         Las mejores respuestas llegan solas, siempre y cuando cumplas tu parte: haz lo mejor que puedas, con lo que tengas, estés donde estés.

-         Esa frase no es tuya… ¿no es de Roosvelt?

-         Sí, un toque americano siempre resulta más peliculero…

La miré con un agradecimiento infinito:

-         Nunca perderemos el sentido del humor- le dije.

-       Nunca. Ese es nuestro secreto. Somos alquimistas del drama. Siempre cabe la posibilidad de convertir la tragedia en comedia…o al revés. Tú decides.

Volví a mirar hacia la ventana. La lluvia había cesado y entraba un ligero olor a tierra mojada. Llegó el camarero con el café y el brownie. Mi reloj marcaba las ocho y ocho minutos. Por la puerta entró ‘mi cita’:

-         Disculpa el retraso…menudo chaparrón ha caído en un momento.

         No te preocupes, he aprovechado para mantener una conversación conmigo misma.

-         ¿Con cuál de todas?

-         Con la más vieja…

Mientras se sentaba le echó una ojeada al periódico que había sobre la mesa.
-         Se te dan bien los crucigramas, por lo que veo.

Sonreí y miré hacia la puerta. Ella salía haciéndome un gesto de despedida. Yo diría que se me dan mejor los “crucidramas”, pensé.