Powered By Blogger

martes, 17 de abril de 2012

“Si la vida te da un limón, hazte una limonada”


Celia, preocupada, lanzó un mensaje a través de su Facebook: “…pero, ¿tan mal están las cosas en España?”. Al parecer hasta la Gran Bretaña se hace eco de lo mal que andan por aquí las cosas…y sí, el rey cazando elefantes…

El futuro siempre se presentará oscuro para aquellos a los que les siga costando comprender que “el mejor modo de predecirlo es….inventándolo”.

Un cambio de perspectiva nos ayudaría mucho en estos tiempos de “crisis”. Como dice mi amiga Natividad, nunca digas que tienes un problema, di que estás viviendo una “experiencia de alto nivel de aprendizaje”.

Cuando tenía doce años, leí un libro de Dale Carnegie que ya hace un porrón de años estaba escrito hacía otro porrón de años. Este señor dedicaba un capítulo entero de su libro a explicar de una forma asombrosamente sencilla (lo entendí yo perfectamente y, repito, tenía doce años) lo que más tarde se ha llamado concepto de “resiliencia”.

Hace tiempo que me convencí de que en materia de “crecimiento personal” no hay mucho nuevo bajo el sol y el ejemplo de la resiliencia lo confirma. 

Según los “entendidos” la resiliencia es “la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecido y alcanzando un estado de excelencia profesional y personal. Desde la Neurociencia se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión. Esto les permite una sensación de control frente a los acontecimientos y mayor capacidad para afrontar retos (Instituto Español de Resiliencia). La Resiliencia, es el convencimiento que tiene un individuo o equipo en superar los obstáculos de manera exitosa sin pensar en la derrota a pesar que los resultados estén en contra, al final surge un comportamiento ejemplar a destacar en situaciones de incertidumbre con resultados altamente positivos”.

Me alegra saber que la psicología y la neurociencia se ocupan de este asunto. Tal vez resulte más técnico y más intelectual (últimamente veo por todas partes asombrosas teorías “de cajón” intelectualizadas hasta el absurdo…pero eso daría para otra entrada). Pero lo que más me tranquiliza es que alguien, en los años treinta del siglo pasado,  definió la resiliencia de una manera tan simple que hasta una niña de doce años podía entenderle: “Si la vida le da un limón, hágase una limonada”.

No es la primera vez, ni espero que sea la última, que atravesamos una crisis. Y es un regalo porque las crisis preceden al cambio y cambiar es necesario. Cambiar es evolucionar.  Se nos presenta una oportunidad única para replantearnos nuestra vida y nuestro sistema de creencias.

Pongamos la maquinaria de la creatividad en funcionamiento y dejemos de echar la culpa a los “malos” (recordemos el principio de Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”).

Pero, ¿por dónde empezar? ¿Cómo salvar al planeta? Muy fácil: sálvate a ti. Cuídate; quiérete; respétate; conócete; reconoce tu sombra y acéptala; come mejor; duerme mejor; RESPIRA; sonríe más; olvídate de lo que no has conseguido hasta ahora y céntrate en lo que puedes conseguir a partir de ahora; limpia y ordena tu mesa, tu cuarto, tu despacho, tu casa, tu coche; deshazte de lo que ya no te sirve; recicla; pide las cosas por favor; di GRACIAS; córtate el pelo; date un masaje; obsérvate; observa a los que te rodean;  besa más; abraza más; escucha música que te “eleve”; alimenta tu alma con buena lecturas; selecciona como un “gourmet” lo que ves en la televisión; abre más tu mente y cierra más tu boca; actúa más y quéjate menos…

Entonces, ¿de verdad, seguimos creyendo que no podemos hacer nada?

domingo, 11 de marzo de 2012

La primera piedra del muro



La Revolución Francesa nos dejó tres palabras inolvidables. Fueron tres gritos que salían de las entrañas de un pueblo harto ya de injusticias: Libertad, Igualdad y Fraternidad. En aquel entonces no hacían distinción de géneros. Sin embargo, siglos más tarde y gracias, cómo no, a la inestimable colaboración de los medios de desinformación masiva, expertos en marear la perdiz según convenga, hablamos de igualdad  de géneros y celebramos el día de la mujer como si el hecho de haber nacido con un determinado sexo implicara una superioridad implícita.

 El Día de la Mujer Trabajadora no es una celebración exactamente, bajo mi punto de vista. Es una jornada de reflexión y conmemoración que honra el recuerdo de aquellas mujeres que a lo largo de la historia tuvieron que pagar con su vida cuando intentaron reclamar sus derechos como seres humanos. Claro que, la Historia también está plagada de hombres que dieron su vida por defender los derechos fundamentales del ser humano…

Ese tipo de conmemoraciones están bien, claro que sí…pero esas otras “celebraciones” estilo anuncio de compresa, sinceramente, me parecen un paso atrás. Ese “orgullo” de mujer y esa exigencia de la “igualdad” con respecto al hombre, me parecen falsos, postizos, hipócritas. No se puede pasar de curso con un sobresaliente en igualdad, un cuatro en libertad y un cero en fraternidad.  La verdadera Revolución es una revolución de la Consciencia y esa consciencia es la que hace que prioricemos nuestra libertad interior y nos confraternicemos con nuestros semejantes, exigiendo igualdad para todos. Qué igualdad hemos conseguido si nos hemos convertido en esclavas del reloj y del sistema. De qué nos sirve la independencia económica si viene acompañada de la dependencia a los ansiolíticos, a los antidepresivos, a los anticelulíticos….Dependemos de nuestras, madres, suegras y de todo un séquito para que atiendan a nuestros hijos y a nuestras casas. Dependemos de la imposición social de ser madres perfectas, profesionales competitivas y expertas amantes. Sufrimos la tiranía de las modas y de Dios sabe cuantas cosas más…pero aún así presumimos de “independencia económica”.

Y la violencia…la violencia, déjenme que les cuente un secreto: no tiene género. La violencia es un desequilibrio que hay que afrontar y superar en una sociedad y no, no tiene género…por más que se empeñen los políticos. Las personas nos matamos unas a otras, nos maltratamos física, psíquica y emocionalmente en todos los géneros habido y por haber. Y dividir los derechos fundamentales del ser humano en rosas y azules es una estupidez más del ser humano.

 Un ejercicio que deberíamos hacer las mujeres es la práctica de la fraternidad como antesala de la igualdad, porque es ahí donde patinamos que da gusto…

¿Cómo podemos exigir que el hombre nos respete si entre nosotras nos traicionamos continuamente?  Paradójicamente somos poco “generosas” con las de nuestro “género”…

Dicen que es producto del machismo el que las mujeres seamos tan competitivas entre nosotras. No lo sé. Pero, una culpa tan grande no puede ser toda del hombre…

Echemos un vistazo a nuestro alrededor y observemos cómo son las relaciones entre las mujeres que conocemos: madres e hijas, nueras y suegras, cuñadas, hermanas, compañeras de trabajo, amigas…. ¿Vemos “fraternidad” o vemos luchas de poder por dominar, controlar y manipular a los hijos, a los maridos, a los amantes, a los jefes…a los hombres? ¿Vemos mujeres unidas que se defienden unas a otras o vemos celos, envidias y puñaladas traperas?  Hemos de reconocer que la fraternidad, ese pilar básico de toda revolución, no es definitivamente, nuestro fuerte.

Muchas han sido y son las mujeres que luchan por un mundo mejor,  pero nos sorprendería conocer el “género” de quien siempre les suele tirar la primera piedra… La misma piedra con la que se construyen los muros que nos separan a unos de otros.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Por qué lo llaman “Amor” cuando quieren decir…”Miedo”?
San Cobardín y el Día de los Enajenados




Haciendo honor a mis humanas contradicciones, he de confesar que, a pesar de los titulares elegidos para esta nueva entrada…me gusta ver corazones por todas partes cuando se acerca el 14 de febrero. Me gusta que la gente se regale flores, bombones y peluches. Es como un juego en el que si te apetece juegas y si no, no pasa nada. En ambos casos, la clave del éxito radica en ser consciente de que solo es un juego…no te vayas a creer nada de nada…


Me he permitido llamar al 14 de febrero, Día de los Enajenados…y no me falta razón, ya que el enamoramiento se podría definir como un estado de enajenación mental transitoria. Una reacción química a través de la cual la Naturaleza se asegura la perpetuación de la especie humana (al menos lo intenta). Tras un periodo de tiempo, bastante más corto de lo que cuentan en Disney Chanel, el cerebro restablece el equilibrio hormonal que se vio alterado por el “enamoramiento” y…volvemos a la realidad, muchas veces sintiéndonos culpables por esa típica falta de “ilusión” (otra palabra que si nos paramos a pensar, literalmente significa: percepción alterada, falsa, de la realidad…un “efecto óptico” causado por nuestro complejísimo sistema hormonal).

Por otro lado, me he permitido cambiarle el nombre al Santo venerado cada 14 de febrero…ya que si hay una emoción humana escondida detrás de todo el tinglado comercio-amoroso es sin duda el MIEDO. El miedo es un fantástico reclamo que todo publicista conoce, por no hablar de las grandes productoras de cine, televisión y…música (mi favorita). ¿Alguien me puede decir cuántas letras de canciones incluyen la frase: “No puedo vivir sin ti”? Nadie va a tener ganas de ponerse a contar semejante cantidad… Pues bien, atención a la mencionada frase porque es considerada como la máxima expresión de amor. Es taaan romántica… 

Y ¿sabes lo que significa realmente? Pues significa básicamente que responsabilizamos al otro de nuestra propia incapacidad para ser felices por nosotros mismos. Parece ser que fue John Lennon quien afirmó: “Nos hicieron creer que cada uno de nosotros es la mitad de una naranja y que la vida solo tiene sentido cuando encontramos la otra mitad. No nos contaron que ya nacemos enteros y que nadie en nuestra vida merece cargar sobre sus espaldas la responsabilidad de completar lo que nos falta”. 

El cuento de la media naranja tiene gracia: posiblemente seamos compatibles con miles de personas de este planeta, pero buscamos solo una porque no soportamos la idea de no ser el/la más especial del mundo mundial para alguien. Queremos hacer el sueño realidad de esa frase que dice: para el mundo solo eres una persona pero para una persona tú eres…el mundo. Y cuando encontramos a alguien que nos hace sentir que somos “The One”…nos morimos por “atarlo” a nuestra vida como sea. Y el ser humano se inventó los contratos de matrimonio (no critico, estoy describiendo). 

Nos encanta “formalizar” nuestras relaciones. Nos encanta tener la exclusiva y que el mundo sepa que “esta persona es MIA y no puede sentir nada más por nadie nunca jamás en la vida y si lo hace estará rompiendo este contrato y por lo tanto pasará a ser el supermalo o la supermala de la película por siempre jamás”. Por cierto, por lo visto, la institución del matrimonio se instauró en una época en la que la esperanza de vida media era de unos 30 años y la edad de contraer matrimonio era alrededor de los 15 años…es decir que el “hasta que la muerte os separe” se limitaba a 10 o 15 años como mucho. Visto así, era mucho más llevadero entonces… 

La verdad es que no estoy en contra del matrimonio, aunque lo parezca. Tal vez, estoy en contra de “necesitarlo”. Me gusta definir mi postura siempre como a favor de algo. Y en este caso estoy a favor de la unión en libertad: estoy a favor de que las personas se unan por amor y se separen con amor; estoy a favor de que las personas se unan en libertad y se separen con libertad. Estoy a favor de que las personas nos unamos en lugar de atarnos. El Amor, tal y como yo lo concibo y lo trato de entender, no puede darse sin libertad, porque entonces las relaciones (sean del tipo que sean) se convierten en un tira y floja constante que termina por agotar. Se convierten en una lucha de poder y empleamos todo tipo de argucias para controlar al otro, manipulándolo y chantajeándolo de mil maneras diferentes, desde las más sutiles a las más explícitas. 

Creo que es dentro de uno mismo donde se encuentra la puerta de acceso hacia esa especie de supraconsciencia que nos da la certeza de que todos formamos parte de algo realmente grandioso. En ese punto es cuando somos conscientes de que somos gotas en el océano, por lo tanto es imposible que nos sintamos solos. En una ocasión leí que las relaciones son como un viaje en coche. Debe conducir la razón, guiada por su copiloto: el corazón. Y en el asiento de atrás, van los sentimientos y las emociones que, al igual que los niños, deben ir sentadas con las medidas de seguridad adecuadas. Si dejas que “los niños” conduzcan…la relación se acaba estrellando.

Cuando leí esto me pregunté por qué no es mejor que el corazón conduzca y se deje guiar por la razón…pero la verdad es que el corazón suele ser más fácil de “distraer por los niños del asiento trasero”. En cualquier caso, el viaje es largo y se puede experimentar siempre y cuando no perdamos de vista el lugar de destino.

En fin, aprovechemos el 14 de febrero para recordar que la única persona de la que “necesitamos” enamorarnos es de nosotros mismos, pero de verdad (no como el mítico Narciso): con una sana autoestima, una humilde autosuficiencia y el ejercicio de una libertad responsable. Porque necesitamos aprender a querernos, a respetarnos, a valorarnos y a aceptarnos para poder querer, respetar, valorar y aceptar a los demás tal y como son. Hay que ser muy “Valentín” para llegar a decirle al otro: “Contigo estoy mejor, pero sin ti también puedo estar bien”. Cuando seamos capaces de hablar así, estaremos preparados para compartir nuestra vida con alguien y dejar las medias naranjas para el zumo del desayuno.





jueves, 19 de enero de 2012

“Life’s a movie, so… direct it well!”

La vida es una película, así que… ¡dirígela bien!




Charles Chaplin decía que la vida es una obra de teatro que no permite ensayos, pero yo no estoy tan segura…


Hace unos meses me regalaron un llavero. Un pequeño souvenir traído desde la meca del cine: Hollywood. Tiene forma de claqueta (imprescindible en cualquier rodaje) y en ella se puede leer la frase: “Life’s a movie. Direct it well” (“La vida es una película. Dirígela bien”). Se me ocurrió que podía ser el llavero perfecto en el que enganchar las llaves de la azotea…al fin y al cabo es el lugar desde el que mejor puedo contemplar a las “estrellas”.


Sin duda, hablar de la vida como si de una película se tratara, me parece una metáfora muy interesante, sobretodo cuando observo que aunque el mundo gira para todos a la misma velocidad, aquí cada cual percibe la realidad a su propio ritmo y aunque estamos todos en el mismo “centro comercial” cada uno entra en una sala de cine diferente y “se mete” en una película distinta.


No sé si estoy de acuerdo con Chaplin cuando dice que no hay posibilidad de ensayo. Me inclino más a pensar que la vida nos permite cada día muchos ensayos hasta que interpretamos la escena de la mejor manera posible. Creo que cuando uno se baja del escenario, se sienta en la butaca y observa la realidad como espectador durante un rato, se da cuenta de muchas cosas. Una de ellas es del reparto de papeles y otra de la posibilidad de cambiar el guión.


Si quieres una buena película…tendrás que dirigirla bien y para ello necesitas un buen reparto de papeles…empezando por el tuyo. ¿Qué papel quieres interpretar en tu propia producción? ¿No es lógico que seas el o la protagonista? ¿Qué sentido tiene darte a ti mismo un papel secundario…o el de un simple extra? Y con respecto a los demás… ¿qué papeles ofreces?


El otro día presencié una escena de una serie de televisión que no tenía desperdicio: Una mujer enrabietada con su padrastro le reprochaba: “Mi madre intentó suicidarse por tu culpa”. Y el acusado, que no tenía ni idea de lo que la furibunda chica le estaba contando, le replicó: “Yo soy una buena persona, ¿sabes? Tal vez me ha tocado ser el villano en tu historia, pero yo soy una buena persona”.


Fue en esa última frase donde encontré la clave de tantos conflictos en determinadas escenas de nuestra vida: comprender que el papel que otro nos otorga en su producción no es asunto nuestro (aunque podemos elegir actuar o no bajo sus órdenes). A veces, no consideramos justo el personaje que otro nos impone en su película, pero recordar que es “su película” y no la nuestra, recordar que somos libres para elegir no interpretar ese papel…es bastante liberador.


Por otro lado, nos queda el poder total y absoluto para cambiar el guión. A veces olvidamos que está en nuestras manos, qué es nuestra responsabilidad y que se puede hacer tantas veces como consideremos necesario u oportuno. ¡Es nuestra película! Y de nosotros depende que sea un drama o una comedia, un culebrón, una superproducción o una absoluta “castaña” infumable. De nosotros depende que esperemos que nos llueva una “subvención” del Universo para hacer realidad nuestros sueños o que nos planteemos hacer “lo mejor que podamos, con lo que tengamos y desde donde estemos”. Y esto no es lo mejor, además si no sale bien a la primera…no se acaba el mundo. Como dicen por ahí: "Si has tomado el camino equivocado, no sientas lástima de ti mismo: ¡da la vuelta!"









martes, 13 de diciembre de 2011

Vestid@s de rigurosa etiqueta

Hace un par de semanas, mi amiga Jennifer me enviaba un correo electrónico. El asunto era: “Piedad!!!”, y comenzaba su mensaje con la siguiente reflexión:


 “Es increíble la cantidad de etiquetas que se le pueden poner a una sola persona!!! Como se sabe quién es una terrícola, de la generación X, signo Géminis con ascendente piscis, con energía predominante Yang, en el horóscopo Chino es Tigre, con los elementos Montaña – Metal –Metal en el Ki de las nueve estrellas, venezolana, caraqueña, “católica” no practicante, heterosexual, diplomada en empresariales, hija de padres hetero (casados todavía), inmigrante, blanca, con sobrepeso, características: físicas, fisiológicas y psicológicas catalogables… y así hasta cosas que ni me imagino!!! Será que toda esa mierda me define? Yo es que no estoy tan segura. Qué pasa con el aquí ahora? Es como si fuéramos productos industriales etiquetados por lotes!!! Cuantos juicios, cuantas verificaciones para hacer catalogaciones sin verte a los ojos y sentirte. Dios que miedo me da pensar que a veces pueda ser así!!!”


Me consta que no es mi amiga la única que ha entrado en colapso alguna vez tras parase a pensar y tratar de bucear en el espeso mar de las etiquetas. Estoy segura de que existen infinidad de razones biológicas, psicológicas, emocionales, genéticas, entre otras, por las que el ser humano necesita definirse y definir su entorno. Hay razones de sentido común que nos llevan a clasificar, estructurar, concretar, delimitar… simplificar, en definitiva.


Supongo que es más digerible la realidad cuando la fragmentamos en pequeños trozos. Sin embargo, como suele pasar, la línea entre sentido común y estupidez puede ser bastante fina y, al menor descuido, podemos vernos inmersos en el laberinto de las infinitas etiquetas absurdas. Sobretodo es estúpido e infructuoso tratar de simplificar lo que es, por naturaleza, complejo. Y ahí entra el ser humano. Si nos pasamos con las definiciones, nos limitamos. Cuántas veces al día podemos escuchar frases como: “Yo soy así”. Nos aferramos a cuatro conceptos mal puestos para sobrevivir en una sociedad que a veces parece ser un gigantesco archivo en el cual debes encajar forzosamente porque sino, corres el riesgo de que te metan en la caja de los “Expedientes X”.


Etiquetar, juzgar y prejuzgar es algo que en mayor o menos medida hacemos todos. Es un constructivo ejercicio reconocerlo y reconocer también que nos asusta y nos desconcierta lo que no podemos colocar en algún fichero de nuestro sistema de creencias.


Por otro lado, me asombran esas personas que muestran una tremenda capacidad para definirse: tienen clarísimo su estilo, su color favorito, su comida favorita, su ciudad ideal, su canción, su película, su libro, su perfume, su frase… Le hacen sentir a una como un eterno boceto de algo indefinido y borroso. Yo soy de las que abren el armario cada mañana y contemplan un rato la ropa pensando en las posibles fatales consecuencias de lo que elija de allí dentro: lo que para unos es una camiseta especial porque alguien se la compró en un mercadillo en La India, para otros puede ser la “prueba” de que el portador de tal prenda es un amante de la “New Age” y a partir de ahí se pueden llegar a sacar las conclusiones más disparatadas.


A algunos nos cuesta mucho definirnos y ahora empiezo a comprenderlo, aceptarlo y a alegrarme por ello. Una vez lo intenté y dije que yo era indefinida, dispersa y compleja…pero entonces me di cuenta de que más bien era contradictoria porque me acababa de definir, de manera concreta y simple.


Definir, al fin y al cabo significa “poner fin”, delimitar… ¡y cómo va a ser fácil cuando somos inmensamente ilimitados! Nos iría mucho mejor como sociedad si cambiáramos las etiquetas sexuales, sociales, geográficas o psicológicas por otras más universales como: ¿personas? ¿Seres humanos? Sí, definitivamente nos iría mejor si utilizáramos esos términos en lugar de definirnos por nuestro sexo, raza, nacionalidad, profesión o por el número de amigos que tenemos en el Facebook.

No sé muy bien porqué, pero aprendí muy temprano que, cuando dejamos atrás los prejuicios, las personas nos sorprenden: descubrimos facetas increíbles y nos revelan lecciones que son imposibles de aprender cuando la mente tiene las puertas cerradas por un sistema de creencias rancio y obsoleto. Así, descubres que el señor que te sirve el café por las mañanas en la cafetería de siempre es un genio dibujando a lápiz; descubres que tu fisioterapeuta toca el bajo en un grupo de pop-rock o que la madre de la compañera de cole de tu hijo hace el mejor brownie que has probado nunca.


Etiquetar no es ni “bueno” ni “malo”. Es más, en esta realidad tridimensional, necesitamos etiquetar, estructurar, clasificar y catalogar, entre otras cosas, porque necesitamos un orden, incluso dentro del caos. El problema no creo que sea etiquetar sino cómo etiquetamos y qué consecuencias se derivan de nuestras etiquetas. Y no se me ocurre mejor ejemplo que este vídeo. Sobran más palabras:


jueves, 17 de noviembre de 2011

Hoy es un día especial para mí y quiero celebrarlo publicando algo que ha estado un par de años guardado en una caja. Es un relato corto que escribí para un concurso literario…y como no gané ningún premio, pensé que no era bueno. Ahora sé que el premio fue escribirlo y lo bueno…compartirlo. Te lo dedico a ti… sí, precisamente a ti:

Baltasar





Eran las 7:33 de la mañana de un día cualquiera. Era el instante en el que yo había decidido que sonara mi despertador…y así lo hizo. Al presionar el botón que interrumpía el molesto sonido de la alarma, me complacía ver ese número: el 33. Era consciente de que resultaría más lógico programar la alarma  para que sonara a las 7:30 ó tal vez a las 7:35. Pero sentía predilección por un número que, en los últimos meses, se repetía constantemente en mi cotidiana e intrascendente vida.

El 33 aparecía en los vales de compra, en las matrículas de los automóviles, marcando los minutos en algún reloj o mostrando el porcentaje de descuento en la pasta dentífrica. El número 33…me perseguía y  había despertado en mí una curiosidad detectivesca por encontrar el sentido de aquel ‘acoso matemático’.

Tras contemplar con satisfacción lo que yo me había lanzado a titular como ‘la clave 33’, escondí de nuevo mi mano bajo las sábanas y recordé aquella parte del  inolvidable documental, “Y tú, ¡¿qué sabes?!”, donde el Dr. Joe Dispenza, decía: “cada mañana creo mi día”. Lo intenté, pero mi pesimista código genético me lo ponía muy difícil: era un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera…en un planeta cualquiera. Nada me hacía sospechar, ni lo más mínimo, que fuera a pasar algo importante, especial, o simplemente…diferente.

Mis conexiones neurológicas seguían aferradas a patrones de pensamiento del estilo: otro día más, qué vida tan aburrida…etc. Podía sentir la batalla campal en mi cabeza: las nuevas neuronas, alegres y optimistas luchaban por crear conexiones fuertes y resistentes, pero llegaban las veteranas, bien hermosas y musculosas ya por el ejercicio incansablemente practicado durante años y… ¡zas! de un guantazo devolvían a las neuronas rebeldes a su sitio:

- En fin – las oía quejarse en mi lóbulo frontal- mañana será otro día.

- ¡Nada de eso! – Arremetió una envalentonada que debió surgir de otro plano de conciencia- ¡El momento es ahora! Resistiremos y crearemos una y otra vez nuevas conexiones… ¡aunque nos las rompan un millón de veces!

Aquella, neurona ’Gandhi’ debió de causar estragos en mi cerebro aquella mañana, porque los viejos patrones de pensamiento, desmotivados y agoreros, terminaron por retirarse, como los ingleses de la India, y las nuevas neuronas, locas de contento, comenzaron a enlazarse y a formar una red de conexiones suficientemente sólida como para que yo pudiese expresar un sentimiento, una emoción, una frase salida directamente de alguna de las carrozas que habían diseñado mis neuronas novatas para celebrar una especie de día del orgullo neurológico:
- ¡Hoy va a ser un día diferente! ¡Yo voy a hacer que sea diferente!

Mi hipotálamo estaba en proceso de ebullición y los neuropéptidos jubilosos y entusiasmados transmitían señales sensitivas hacia el encéfalo y  señales motoras hacia mis  músculos, provocándome unas inusuales ganas de levantarme de la cama y comenzar mi día.
Mi primera decisión, tomada bajo los efectos de mis nuevas conexiones neurológicas, fue esmerarme en mi aseo personal, y permitirme un antojo (entendiendo el antojo como ejercicio de nuestro legítimo derecho a ser felices): un buen desayuno en una de las mejores cafeterías del centro de la ciudad.

Sentado en una mesa del fondo, podía observar mejor. Sí, me sentía con ganas de observar todo a mí alrededor. Presté atención al aroma del café con leche, sentí el calor de la taza en mis manos, escuché el sonido de la cucharilla removiendo la espuma cremosa y vi como ascendía el humo y se difuminaba en el aire hasta hacerse invisible para mí. Me di cuenta de que lo único que existía en ese momento éramos mi taza de café con leche y yo. No había pasado ni futuro. Sólo el ahora.

Una sonora carcajada me sacó de mi estado ‘alfa’ y me devolvió súbitamente a la realidad colectiva. En una mesa cercana, dos mujeres charlaban y se reían de un chistoso comentario del camarero. Al parecer, una de las mujeres llevaba un buen rato buscando sus gafas de sol por todas partes, hasta que se percató de que las llevaba sobre su cabeza. Pensé en la metáfora de la situación: Siempre buscamos aquello que creemos que nos falta en algún lugar fuera de nosotros mismos.


Me levanté y me acerqué a la barra en busca de algún periódico del día. El primero que encontré tenía escrita una frase en la contraportada: “El mundo exterior es el mundo de los efectos; es el resultado de los pensamientos”. ¡Vaya! -  pensé - hoy debe de ser el día internacional de las ‘sincronicidades’…

Caminé hacia el parque cercano a mi casa con el objetivo de sentarme en algún lugar discreto desde donde continuar mi labor de observador consciente. La calida luz solar se presentaba intermitente, presagiando un posible chaparrón en cualquier momento.

Me senté en un banco suficientemente rodeado de vegetación y, escondido detrás de mis gafas de sol, me dispuse a mirar el mundo como si fuera un extraterrestre recién llegado. A pocos metros de mí estaba Baltasar en su casa. Era un vagabundo que ‘vivía’ desde hacía algún tiempo en uno de los bancos de aquel parque. Era un hombre alto y corpulento, de raza negra y de un porte regio y majestuoso que contrastaba enormemente con su andrajosa vestimenta. Eran esa presencia y esa mirada soberana las que me habían inspirado el nombre de Baltasar.

Me pregunté qué historia se oculta detrás del personaje. Me pregunté quién sería realmente aquel ser humano de armoniosa anatomía y qué le habría llevado a este momento, a este ahora en el que él se encontraba malviviendo en un banco cualquiera de un parque cualquiera…en un planeta cualquiera.

En alguna fracción de segundo, entre pensamiento y pensamiento, debió colarse una nueva conexión neurológica que me incitó a plantearme algo muy simple y, sin embargo, poco usual: ¿y si voy y le pregunto? Sentí la necesidad de llevar a cabo la misión que yo misma me había encomendado un par de horas antes: hacer algo diferente. Sentí la necesidad de romper la inercia existencial, cambiar el guión…salir de la rueda del hámster.

Pararte y preguntarle a un vagabundo: “hola, ¿cómo estás? ¿Qué te ha llevado a esta situación en la que ahora te encuentras?”...es algo que no está planificado en nuestro día a día. No está escrito en nuestro guión socio-cultural. Así que, me levanté dispuesto a seguir al conejo blanco y entrar en la madriguera…

Me acerqué a él como quien se dirige a un tribunal en un examen oral de fin de carrera y cuando le tuve delante de mí y me miró, apenas pude balbucear un triste y desabrido ‘hola, ¿qué tal?’. Por un momento pensé que ojala me hubiese dedicado a ver películas de indios y vaqueros en lugar de documentales de física cuántica, porque la mirada de ‘Baltasar’ me estaba atravesando las entrañas y creí correr el riesgo de recibir una suculenta dosis de jarabe de palo. Entonces, para alivio indescriptible de mis agarrotados músculos, Baltasar…sonrió.

La tensión liberada regresó de vuelta rápidamente y se multiplicó por mil, cuando escuché las palabras que salieron de su boca: “¿Ves que no era tan difícil cambiar el guión?”.

Aquella frase, hizo que mi cuerpo alcanzara niveles de rigidez altamente preocupantes. La garganta se me secó y una risa nerviosa y estúpida amenazaba con salir a escena. Pero, ¿quién era yo? ¿Una especie de Neo, hablando con una especie de Oráculo en una especie de… versión española de Matriz (de bajísimo presupuesto)?

- ¡¿Quién eres?! – conseguí al fin exclamar.
- Baltasar…supongo – me respondió irónico.
- Pero, ¿cómo…cómo sabes…?

- Tranquilo – interrumpió – sólo estás en un cruce de universos, de realidades paralelas. Yo soy una proyección que tú creaste en alguna otra dimensión, precisamente para recibir esta información. No está mal…se notan tus influencias cinematográficas, pero… ¡no está mal, chico! Sigue así, sigue saliendo de la rueda del hámster porque no es el mundo el que ha de cambiar, sino tú, sólo tú…solo el observador. Sigue las señales, los números…son códigos, programas nuevos que tratan de ‘instalarse’ cuando se ha alcanzado la complejidad o la madurez suficiente.

- Esto no puede ser real – apunté, sintiendo como mi expresión facial se iba convirtiendo en la definición perfecta del adjetivo ‘atontado’.

Entonces, aquel hombre gigantesco se levantó, puso sus manos sobre mis hombros y clavando su ‘familiar’ y profunda mirada en mis ojos, sentenció:

- Y ¿qué es real?

Debió de ser algo así como el frenazo de un coche lo que me despertó súbitamente. Mi corazón ya estaba acelerado cuando miré el despertador: 7:33. ¡¡Habían pasado solo unos segundos!! No podía creer que todo hubiese sido… ¡¿un sueño?!

Me levanté de un brinco, me vestí y salí a la calle. Corrí hacia el parque en busca de aquel banco. Mi mente estaba aturdida, confusa…pero algo en mi interior me decía que aquello era tal vez lo más real que me había ocurrido jamás.

El banco de Baltasar estaba vacío. No había nadie, ni nada…Pero…”espera un momento”-  pensé al acercarme más. ¿Qué era aquello que se movía? ¿Un ratón? ¿Había un ratón correteando por encima del banco? ¡No!... ¡Era un hámster! ¡Un hámster sin rueda!

Me senté, feliz, y dejé que el sol golpeara con suavidad mi rostro.

Un policía pasaba por allí y desde su intercomunicador se oía la típica voz al estilo ‘radio taxi’: “Unidad 33, unidad 33… ¿me recibes?”.

“Te recibo”-  respondí  mentalmente,…- “te recibo, alto y claro”.




miércoles, 9 de noviembre de 2011

La puerta de la felicidad se abre hacia dentro


 

En este rincón del planeta, dónde hace mucho que nuestras necesidades básicas se cubrieron, vivimos convencidos de que alcanzaremos la felicidad en un futuro imaginario en el que disfrutaremos de algo que creemos firmemente necesitar. Quizás sea una casa con jardín o un ático en el centro de una bulliciosa ciudad; tal vez sea una pareja estable, un descapotable rojo, unas vacaciones en el Caribe, un chihuahua, un hijo, una hija, un cuerpo perfecto o un bolso de Carolina Herrera. Algunos piensan que la felicidad, como decía Groucho Marx, “está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.


Hace unos cuantos años, en un aula de una facultad de Ciencias de la Información, yo aspiraba a licenciarme en publicidad y atendía entusiasmada a unos profesores que me contaron, entre otras cosas, que un señor llamado Abraham Maslow, elaboró una teoría psicológica en la que se clasificaban jerárquicamente las necesidades humanas. Así, en la base de la pirámide se encontrarían las necesidades fisiológicas, luego vendrían las necesidades de seguridad, las afectivas, las de reconocimiento social y por último, las de autorrealización personal ocuparían la cúspide. Aunque esta teoría se revisó años más tarde y fue cuestionada su validez, ha sido la base en la que se han cimentado infinidad de estrategias publicitarias. Independientemente de que toda la teoría de Maslow sea aplicable o no en esta compleja sociedad, es indiscutible que cierto sentido común no le faltaba a este distinguido teórico: cuando no tienes zapatos que ponerte, poco te importa que esta temporada se lleven las plataformas, las botas camperas o las Merceditas.  Pero cuando te levantas cada mañana bajo un confortable techo, tienes ropa en el armario y comida en la nevera, inconscientemente entras a formar parte de un extraño club que pareciera tener como objetivo complicarte la vida, creándote todo tipo de necesidades imaginables e inimaginables. A veces, las estrategias pueden llegar a ser tan surrealistas que pueden dejar a Dalí… a la altura de Pocoyó.


Nadie escapa. Absolutamente todos formamos parte de algún “Target”, palabra inglesa que se traduce como “público objetivo”. Es decir, somos como dianas andantes y los anunciantes nos lanzan sus dardos. Pero no cualquier dardo, saben exactamente el dardo que nos da en el centro, el que más nos va a gustar, el que más nos va a doler, el que más nos va a alegrar o a entristecer…. Esos anónimos lanzadores de dardos no se sacan de la manga sus teorías acerca de cómo darnos en la diana. Para empezar, existen unos especimenes humanos (o no) llamados “trendspotters” o prescriptores de tendencias: profesionales que, basándose en la investigación y la interpretación de las corrientes sociológicas, predicen lo que va a “imponerse” (qué curiosa palabra) en los próximos años. Pero ¿quién “impone” las tendencias, la moda, las nuevas costumbres…? Pues resulta que también hay personas que pagan a otras personas para que creen esas tendencias. Y hay miles de fórmulas para crear tendencias, aunque podría decirse que en el número uno de las cuarenta principales estaría la utilización de un prescriptor adecuado: una “autoridad” en la materia, un personaje público de reconocido prestigio, una celebrity o un famosillo de poca monta…todo depende del perfil del público al que haya que venderle la moto.


Una publicidad eficaz, decían los profesores, es aquella que completa las cuatro fases del método AIDA (siglas de Atención, Interés, Deseo y Acción). El sueño de todo anunciante es llamar nuestra atención para seguidamente despertar nuestro interés, porque así tendrá más posibilidades de incitar nuestro deseo de adquisición y puede que nos motive lo suficiente como para que pasemos a la acción: comprar.  


En esta sofisticada sociedad que entre todos hemos construido, se nos vende la felicidad por todas partes…y se nos vende una felicidad cada vez más efímera. Estamos sometidos a la tiranía de la “obsolescencia programada”….y no solamente en los productos de tecnología.


La sociedad evoluciona, cambia y a veces, despierta…pero incluso es difícil discernir dónde está el genuino despertar hacia una nueva conciencia y dónde una tendencia más que el mercado de consumo sabe aprovechar para seguir sometiéndonos a la dictadura de la insatisfacción crónica. Todos conocemos a alguna de esas personas convencidísimas de estar “fuera del sistema” y que viven como hámsteres en una rueda, enganchados a terapias, cursos y talleres que les van a ayudar a ser más felices con ellas mismas.


En fin, cuando ya pensé que nada podía sorprenderme en lo que a estrategias vendedoras de felicidad se refiere, presioné un botón del mando de la tele y apareció ante mis ojos una película que me hizo poner cara de Carrie Bradshaw (ceja derecha levantada y un gran interrogante en la expresión facial): La familia Jones (The Joneses. Derrick Borte, 2009). Una nueva familia llega al vecindario: un matrimonio y sus dos hijos, ambos preuniversitarios. Aparentemente lo tienen todo: son guapos, elegantes y siempre están a la última en todo lo que a tecnología o productos de lujo se refiere. Pero ¿cuál es su secreto? Los Jones son una familia ficticia, un escaparate viviente. Su misión como vendedores de una multinacional de marketing es conseguir crear necesidades entre sus adinerados vecinos y así aumentar sus porcentajes de ventas. Poco a poco van inyectando el veneno de la competitividad entre vecinos. Todos aspiran a ser como ellos, pero no saben que los Jones “no están viviendo el sueño americano…te lo están vendiendo”. La presión llega a ser tan fuerte que uno de los vecinos comienza a vivir por encima de sus posibilidades y llega a endeudarse de tal manera que termina suicidándose.


La proyección hacia un caso extremo siempre nos hace reflexionar. En este caso, yo me quedo con una frase que leí hace tiempo y creo que resume muy bien el error de esta desproporcionada fiebre de necesidades en la que vivimos envueltos. “La puerta de la felicidad se abre hacia dentro”. Y es que nada puede haber ahí fuera que consiga hacernos felices, porque ser feliz no es una consecuencia de nada. Es una actitud y es una decisión.