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jueves, 17 de noviembre de 2011

Hoy es un día especial para mí y quiero celebrarlo publicando algo que ha estado un par de años guardado en una caja. Es un relato corto que escribí para un concurso literario…y como no gané ningún premio, pensé que no era bueno. Ahora sé que el premio fue escribirlo y lo bueno…compartirlo. Te lo dedico a ti… sí, precisamente a ti:

Baltasar





Eran las 7:33 de la mañana de un día cualquiera. Era el instante en el que yo había decidido que sonara mi despertador…y así lo hizo. Al presionar el botón que interrumpía el molesto sonido de la alarma, me complacía ver ese número: el 33. Era consciente de que resultaría más lógico programar la alarma  para que sonara a las 7:30 ó tal vez a las 7:35. Pero sentía predilección por un número que, en los últimos meses, se repetía constantemente en mi cotidiana e intrascendente vida.

El 33 aparecía en los vales de compra, en las matrículas de los automóviles, marcando los minutos en algún reloj o mostrando el porcentaje de descuento en la pasta dentífrica. El número 33…me perseguía y  había despertado en mí una curiosidad detectivesca por encontrar el sentido de aquel ‘acoso matemático’.

Tras contemplar con satisfacción lo que yo me había lanzado a titular como ‘la clave 33’, escondí de nuevo mi mano bajo las sábanas y recordé aquella parte del  inolvidable documental, “Y tú, ¡¿qué sabes?!”, donde el Dr. Joe Dispenza, decía: “cada mañana creo mi día”. Lo intenté, pero mi pesimista código genético me lo ponía muy difícil: era un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera…en un planeta cualquiera. Nada me hacía sospechar, ni lo más mínimo, que fuera a pasar algo importante, especial, o simplemente…diferente.

Mis conexiones neurológicas seguían aferradas a patrones de pensamiento del estilo: otro día más, qué vida tan aburrida…etc. Podía sentir la batalla campal en mi cabeza: las nuevas neuronas, alegres y optimistas luchaban por crear conexiones fuertes y resistentes, pero llegaban las veteranas, bien hermosas y musculosas ya por el ejercicio incansablemente practicado durante años y… ¡zas! de un guantazo devolvían a las neuronas rebeldes a su sitio:

- En fin – las oía quejarse en mi lóbulo frontal- mañana será otro día.

- ¡Nada de eso! – Arremetió una envalentonada que debió surgir de otro plano de conciencia- ¡El momento es ahora! Resistiremos y crearemos una y otra vez nuevas conexiones… ¡aunque nos las rompan un millón de veces!

Aquella, neurona ’Gandhi’ debió de causar estragos en mi cerebro aquella mañana, porque los viejos patrones de pensamiento, desmotivados y agoreros, terminaron por retirarse, como los ingleses de la India, y las nuevas neuronas, locas de contento, comenzaron a enlazarse y a formar una red de conexiones suficientemente sólida como para que yo pudiese expresar un sentimiento, una emoción, una frase salida directamente de alguna de las carrozas que habían diseñado mis neuronas novatas para celebrar una especie de día del orgullo neurológico:
- ¡Hoy va a ser un día diferente! ¡Yo voy a hacer que sea diferente!

Mi hipotálamo estaba en proceso de ebullición y los neuropéptidos jubilosos y entusiasmados transmitían señales sensitivas hacia el encéfalo y  señales motoras hacia mis  músculos, provocándome unas inusuales ganas de levantarme de la cama y comenzar mi día.
Mi primera decisión, tomada bajo los efectos de mis nuevas conexiones neurológicas, fue esmerarme en mi aseo personal, y permitirme un antojo (entendiendo el antojo como ejercicio de nuestro legítimo derecho a ser felices): un buen desayuno en una de las mejores cafeterías del centro de la ciudad.

Sentado en una mesa del fondo, podía observar mejor. Sí, me sentía con ganas de observar todo a mí alrededor. Presté atención al aroma del café con leche, sentí el calor de la taza en mis manos, escuché el sonido de la cucharilla removiendo la espuma cremosa y vi como ascendía el humo y se difuminaba en el aire hasta hacerse invisible para mí. Me di cuenta de que lo único que existía en ese momento éramos mi taza de café con leche y yo. No había pasado ni futuro. Sólo el ahora.

Una sonora carcajada me sacó de mi estado ‘alfa’ y me devolvió súbitamente a la realidad colectiva. En una mesa cercana, dos mujeres charlaban y se reían de un chistoso comentario del camarero. Al parecer, una de las mujeres llevaba un buen rato buscando sus gafas de sol por todas partes, hasta que se percató de que las llevaba sobre su cabeza. Pensé en la metáfora de la situación: Siempre buscamos aquello que creemos que nos falta en algún lugar fuera de nosotros mismos.


Me levanté y me acerqué a la barra en busca de algún periódico del día. El primero que encontré tenía escrita una frase en la contraportada: “El mundo exterior es el mundo de los efectos; es el resultado de los pensamientos”. ¡Vaya! -  pensé - hoy debe de ser el día internacional de las ‘sincronicidades’…

Caminé hacia el parque cercano a mi casa con el objetivo de sentarme en algún lugar discreto desde donde continuar mi labor de observador consciente. La calida luz solar se presentaba intermitente, presagiando un posible chaparrón en cualquier momento.

Me senté en un banco suficientemente rodeado de vegetación y, escondido detrás de mis gafas de sol, me dispuse a mirar el mundo como si fuera un extraterrestre recién llegado. A pocos metros de mí estaba Baltasar en su casa. Era un vagabundo que ‘vivía’ desde hacía algún tiempo en uno de los bancos de aquel parque. Era un hombre alto y corpulento, de raza negra y de un porte regio y majestuoso que contrastaba enormemente con su andrajosa vestimenta. Eran esa presencia y esa mirada soberana las que me habían inspirado el nombre de Baltasar.

Me pregunté qué historia se oculta detrás del personaje. Me pregunté quién sería realmente aquel ser humano de armoniosa anatomía y qué le habría llevado a este momento, a este ahora en el que él se encontraba malviviendo en un banco cualquiera de un parque cualquiera…en un planeta cualquiera.

En alguna fracción de segundo, entre pensamiento y pensamiento, debió colarse una nueva conexión neurológica que me incitó a plantearme algo muy simple y, sin embargo, poco usual: ¿y si voy y le pregunto? Sentí la necesidad de llevar a cabo la misión que yo misma me había encomendado un par de horas antes: hacer algo diferente. Sentí la necesidad de romper la inercia existencial, cambiar el guión…salir de la rueda del hámster.

Pararte y preguntarle a un vagabundo: “hola, ¿cómo estás? ¿Qué te ha llevado a esta situación en la que ahora te encuentras?”...es algo que no está planificado en nuestro día a día. No está escrito en nuestro guión socio-cultural. Así que, me levanté dispuesto a seguir al conejo blanco y entrar en la madriguera…

Me acerqué a él como quien se dirige a un tribunal en un examen oral de fin de carrera y cuando le tuve delante de mí y me miró, apenas pude balbucear un triste y desabrido ‘hola, ¿qué tal?’. Por un momento pensé que ojala me hubiese dedicado a ver películas de indios y vaqueros en lugar de documentales de física cuántica, porque la mirada de ‘Baltasar’ me estaba atravesando las entrañas y creí correr el riesgo de recibir una suculenta dosis de jarabe de palo. Entonces, para alivio indescriptible de mis agarrotados músculos, Baltasar…sonrió.

La tensión liberada regresó de vuelta rápidamente y se multiplicó por mil, cuando escuché las palabras que salieron de su boca: “¿Ves que no era tan difícil cambiar el guión?”.

Aquella frase, hizo que mi cuerpo alcanzara niveles de rigidez altamente preocupantes. La garganta se me secó y una risa nerviosa y estúpida amenazaba con salir a escena. Pero, ¿quién era yo? ¿Una especie de Neo, hablando con una especie de Oráculo en una especie de… versión española de Matriz (de bajísimo presupuesto)?

- ¡¿Quién eres?! – conseguí al fin exclamar.
- Baltasar…supongo – me respondió irónico.
- Pero, ¿cómo…cómo sabes…?

- Tranquilo – interrumpió – sólo estás en un cruce de universos, de realidades paralelas. Yo soy una proyección que tú creaste en alguna otra dimensión, precisamente para recibir esta información. No está mal…se notan tus influencias cinematográficas, pero… ¡no está mal, chico! Sigue así, sigue saliendo de la rueda del hámster porque no es el mundo el que ha de cambiar, sino tú, sólo tú…solo el observador. Sigue las señales, los números…son códigos, programas nuevos que tratan de ‘instalarse’ cuando se ha alcanzado la complejidad o la madurez suficiente.

- Esto no puede ser real – apunté, sintiendo como mi expresión facial se iba convirtiendo en la definición perfecta del adjetivo ‘atontado’.

Entonces, aquel hombre gigantesco se levantó, puso sus manos sobre mis hombros y clavando su ‘familiar’ y profunda mirada en mis ojos, sentenció:

- Y ¿qué es real?

Debió de ser algo así como el frenazo de un coche lo que me despertó súbitamente. Mi corazón ya estaba acelerado cuando miré el despertador: 7:33. ¡¡Habían pasado solo unos segundos!! No podía creer que todo hubiese sido… ¡¿un sueño?!

Me levanté de un brinco, me vestí y salí a la calle. Corrí hacia el parque en busca de aquel banco. Mi mente estaba aturdida, confusa…pero algo en mi interior me decía que aquello era tal vez lo más real que me había ocurrido jamás.

El banco de Baltasar estaba vacío. No había nadie, ni nada…Pero…”espera un momento”-  pensé al acercarme más. ¿Qué era aquello que se movía? ¿Un ratón? ¿Había un ratón correteando por encima del banco? ¡No!... ¡Era un hámster! ¡Un hámster sin rueda!

Me senté, feliz, y dejé que el sol golpeara con suavidad mi rostro.

Un policía pasaba por allí y desde su intercomunicador se oía la típica voz al estilo ‘radio taxi’: “Unidad 33, unidad 33… ¿me recibes?”.

“Te recibo”-  respondí  mentalmente,…- “te recibo, alto y claro”.




miércoles, 9 de noviembre de 2011

La puerta de la felicidad se abre hacia dentro


 

En este rincón del planeta, dónde hace mucho que nuestras necesidades básicas se cubrieron, vivimos convencidos de que alcanzaremos la felicidad en un futuro imaginario en el que disfrutaremos de algo que creemos firmemente necesitar. Quizás sea una casa con jardín o un ático en el centro de una bulliciosa ciudad; tal vez sea una pareja estable, un descapotable rojo, unas vacaciones en el Caribe, un chihuahua, un hijo, una hija, un cuerpo perfecto o un bolso de Carolina Herrera. Algunos piensan que la felicidad, como decía Groucho Marx, “está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”.


Hace unos cuantos años, en un aula de una facultad de Ciencias de la Información, yo aspiraba a licenciarme en publicidad y atendía entusiasmada a unos profesores que me contaron, entre otras cosas, que un señor llamado Abraham Maslow, elaboró una teoría psicológica en la que se clasificaban jerárquicamente las necesidades humanas. Así, en la base de la pirámide se encontrarían las necesidades fisiológicas, luego vendrían las necesidades de seguridad, las afectivas, las de reconocimiento social y por último, las de autorrealización personal ocuparían la cúspide. Aunque esta teoría se revisó años más tarde y fue cuestionada su validez, ha sido la base en la que se han cimentado infinidad de estrategias publicitarias. Independientemente de que toda la teoría de Maslow sea aplicable o no en esta compleja sociedad, es indiscutible que cierto sentido común no le faltaba a este distinguido teórico: cuando no tienes zapatos que ponerte, poco te importa que esta temporada se lleven las plataformas, las botas camperas o las Merceditas.  Pero cuando te levantas cada mañana bajo un confortable techo, tienes ropa en el armario y comida en la nevera, inconscientemente entras a formar parte de un extraño club que pareciera tener como objetivo complicarte la vida, creándote todo tipo de necesidades imaginables e inimaginables. A veces, las estrategias pueden llegar a ser tan surrealistas que pueden dejar a Dalí… a la altura de Pocoyó.


Nadie escapa. Absolutamente todos formamos parte de algún “Target”, palabra inglesa que se traduce como “público objetivo”. Es decir, somos como dianas andantes y los anunciantes nos lanzan sus dardos. Pero no cualquier dardo, saben exactamente el dardo que nos da en el centro, el que más nos va a gustar, el que más nos va a doler, el que más nos va a alegrar o a entristecer…. Esos anónimos lanzadores de dardos no se sacan de la manga sus teorías acerca de cómo darnos en la diana. Para empezar, existen unos especimenes humanos (o no) llamados “trendspotters” o prescriptores de tendencias: profesionales que, basándose en la investigación y la interpretación de las corrientes sociológicas, predicen lo que va a “imponerse” (qué curiosa palabra) en los próximos años. Pero ¿quién “impone” las tendencias, la moda, las nuevas costumbres…? Pues resulta que también hay personas que pagan a otras personas para que creen esas tendencias. Y hay miles de fórmulas para crear tendencias, aunque podría decirse que en el número uno de las cuarenta principales estaría la utilización de un prescriptor adecuado: una “autoridad” en la materia, un personaje público de reconocido prestigio, una celebrity o un famosillo de poca monta…todo depende del perfil del público al que haya que venderle la moto.


Una publicidad eficaz, decían los profesores, es aquella que completa las cuatro fases del método AIDA (siglas de Atención, Interés, Deseo y Acción). El sueño de todo anunciante es llamar nuestra atención para seguidamente despertar nuestro interés, porque así tendrá más posibilidades de incitar nuestro deseo de adquisición y puede que nos motive lo suficiente como para que pasemos a la acción: comprar.  


En esta sofisticada sociedad que entre todos hemos construido, se nos vende la felicidad por todas partes…y se nos vende una felicidad cada vez más efímera. Estamos sometidos a la tiranía de la “obsolescencia programada”….y no solamente en los productos de tecnología.


La sociedad evoluciona, cambia y a veces, despierta…pero incluso es difícil discernir dónde está el genuino despertar hacia una nueva conciencia y dónde una tendencia más que el mercado de consumo sabe aprovechar para seguir sometiéndonos a la dictadura de la insatisfacción crónica. Todos conocemos a alguna de esas personas convencidísimas de estar “fuera del sistema” y que viven como hámsteres en una rueda, enganchados a terapias, cursos y talleres que les van a ayudar a ser más felices con ellas mismas.


En fin, cuando ya pensé que nada podía sorprenderme en lo que a estrategias vendedoras de felicidad se refiere, presioné un botón del mando de la tele y apareció ante mis ojos una película que me hizo poner cara de Carrie Bradshaw (ceja derecha levantada y un gran interrogante en la expresión facial): La familia Jones (The Joneses. Derrick Borte, 2009). Una nueva familia llega al vecindario: un matrimonio y sus dos hijos, ambos preuniversitarios. Aparentemente lo tienen todo: son guapos, elegantes y siempre están a la última en todo lo que a tecnología o productos de lujo se refiere. Pero ¿cuál es su secreto? Los Jones son una familia ficticia, un escaparate viviente. Su misión como vendedores de una multinacional de marketing es conseguir crear necesidades entre sus adinerados vecinos y así aumentar sus porcentajes de ventas. Poco a poco van inyectando el veneno de la competitividad entre vecinos. Todos aspiran a ser como ellos, pero no saben que los Jones “no están viviendo el sueño americano…te lo están vendiendo”. La presión llega a ser tan fuerte que uno de los vecinos comienza a vivir por encima de sus posibilidades y llega a endeudarse de tal manera que termina suicidándose.


La proyección hacia un caso extremo siempre nos hace reflexionar. En este caso, yo me quedo con una frase que leí hace tiempo y creo que resume muy bien el error de esta desproporcionada fiebre de necesidades en la que vivimos envueltos. “La puerta de la felicidad se abre hacia dentro”. Y es que nada puede haber ahí fuera que consiga hacernos felices, porque ser feliz no es una consecuencia de nada. Es una actitud y es una decisión.



domingo, 30 de octubre de 2011

El truco del miedo

Más allá de Halloween


El 'truco' del miedo





Según dice la Wikipedia, la palabra “Halloween” deriva de la expresión inglesa “All Hallows Eve” (Víspera de Todos los Santos).

Hace unos años, trabajando de redactora para una revista de ámbito comarcal, me encomendaron la misión de elaborar un artículo que indagara en los orígenes de esta antigua celebración y despejara confusiones con otras tradiciones más “nuestras”: la noche de las ánimas, el día de Difuntos, el día de Todos los Santos, etc.



Ahora, teniendo muchísima más información gracias a Internet, he podido ir más allá de Halloween y de todas las tradiciones religiosas actuales. He viajado hasta la noche de los tiempos y he encontrado un nexo común a todas estas festividades paganas o no. Ese punto de encuentro es la firme creencia de que, llega siempre un momento, antes del invierno, en el que la luz y la oscuridad se “saludan”, se miran de frente.  En ese instante, se abre el velo y el mundo de los vivos y el mundo de los muertos comparten escenario. Se trata de esa hora mágica, esa hora “bruja” (la palabra "bruja", "witch" en inglés, deriva del antiguo término sajón "wicca” o "sabio”) para la que deberás estar preparado porque la carroza se convierte en calabaza y los corceles en ratones.


Estoy segura de que en ciertas culturas ancestrales, este momento se vivía con naturalidad…hasta que llegaron otros tiempos en la historia de la humanidad y se añadió un ingrediente nuevo: el miedo. Cualquier estamento poderoso que se precie, sea de origen religioso, político o económico, conoce bien la infalible regla del “divide y vencerás”: y así es como surgen los buenos y los malos, con la varita mágica del miedo.


En nuestra información genética el miedo es omnipresente: tenemos miedo a la muerte, miedo a los muertos, miedo a morirnos, miedo a ser castigados a permanecer en el infierno, miedo a quedarnos entre el cielo y el infierno, miedo a que no haya nada después de la muerte, miedo a que haya algo…miedo de los otros, miedo de los malos y miedo de nosotros mismos y miedo de sentir miedo.

El miedo es la mejor herramienta inventada para evitar que integremos las dos polaridades en nosotros, porque si lo hacemos, veremos que los demás no son tan malos ni nosotros somos tan buenos, porque comprendemos la sombra del otro cuando integramos la nuestra y entonces no hay razón para el conflicto. Y si no hay conflicto…no hay negocio en este planetita azul (a veces azul oscuro casi negro).


Buscándole la esencia a Halloween, me planteo que puede ser una oportunidad para ponernos el disfraz y mirarnos sin miedo al espejo: Saquemos a la bruja, al vampiro, al zombi y al fantasma que llevamos dentro y afrontemos nuestro lado oscuro sin tapujos: ¿Somos brujas y brujos cuando envenenamos a otros con nuestras palabras cargadas de odio, de rencor, de celos, de envidia o…de miedo? ¿Somos brujas y brujos cuando tratamos de “hechizar” con retorcidas manipulaciones y chantajes emocionales la voluntad de los demás? ¿Qué pasa cuando sacamos los dos colmillos (el de la inconsciencia y el del egoísmo) y los clavamos en la yugular del prójimo para extraerle hasta la última gota de su tiempo, de su esfuerzo, de su paciencia o de su dignidad? ¿Somos o no somos vampiros? ¿Qué somos, sino zombis, cuando nos limitamos a existir sin cuestionarnos la autoridad o las normas que nos rigen, cuando juzgamos a otros porque se “indignan”? ¿Y fantasmas?¿cuántos hay a plena luz del día? ¿Quiénes son las “almas en pena”?


Tengo una teoría sobre este último concepto: Quizá seamos nosotros los que no dejamos que los muertos se vayan. Es posible que nuestra mente sea capaz de crear una especie de holograma para justificar que la persona que se fue sigue con nosotros. Hologramas que pueden ver los  “videntes” o simplemente personas con el programa de “visualizador de hologramas” instalado. Es posible que los fantasmas no sean más que nuestros miedos o viejos patrones de comportamiento que se resisten a desaparecer y dejar paso a otros nuevos (los patrones de pensamiento y comportamiento, también son información genética).


¿Quién se apunta a mirarse al espejo? Y qué me decís de los 'gatos negros': Felina metáfora de esos pensamientos limitantes, agoreros que nos impiden realizar nuestros objetivos: Esos son los verdaderos gatos negros y sí, nos traerán muy mala suerte si no les ahuyentamos…de nuestra mente.


La noche del 31 de octubre, vista así, es una excelente puerta hacia la libertad personal. Demos un nuevo significado al famoso “trick or treat” (truco o trato): ¿por qué no hacemos un trato con nosotros mismos y nos dejamos de “trucos” para evitar ver en nosotros lo que nos empeñamos en ver en el otro?


Vivimos en un mundo dual: no hay blanco sin negro, no hay luz sin sombra…no hay “yin” sin “yang”. Somos como un latido de corazón: sístole y diástole, contracción y extensión… y sin uno de los dos no hay latido y si no hay latido…el corazón se para.


En la cabecera de este blog está escrita una de las mejores sentencias de la historia: “No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos”. Mientras que la cultura anglosajona ve en la calabaza una representación de un alma errante, un símbolo demoníaco o una especie de espantador de espíritus, otras culturas como la de los antiguos mayas o muchas tribus de indios americanos, consideraban la calabaza como una benefactora de la salud porque conocían las múltiples propiedades terapéuticas de sus semillas. Y para el feng shui, la calabaza es símbolo de longevidad, buena fortuna y abundancia. Entonces… ¿es la calabaza culpable, inocente, las dos cosas o ninguna?


Para mi es un recordatorio de que a los miedos paralizantes hay que darles 'calabazas'. Que con los que vampirizan tu tiempo y tu energía no hay trato. Y que la ilusión y la alegría son el truco infalible que aleja a los fantasmas del pasado. 







jueves, 27 de octubre de 2011

Los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios


Qué cierta la sentencia del escritor italiano Carlo Dossi. Me permito el honor de utilizarla como título de mi segunda “entrada” en este blog. Por cierto, gracias a todos los que me habéis regalado un comentario o mensaje de correo electrónico transmitiéndome vuestra complacencia…

Os voy a contar un cuento. Es breve, sencillo y casi, casi… infantil: Se titula “El aldeano” y lo escribí hace algunos años para alguien que es muy importante en mi vida (esencial, diría yo). Ese “alguien” atravesaba un amargo momento porque su familia le había dado la espalda por “salirse del camino marcado”, por decidir no seguir avanzando por senderos ya construidos y dejar de negarse la oportunidad de construir mejores trayectos, por plantearse dejar de excavar en el mismo agujero  y comenzar a excavar otros… Ese “alguien” hoy me pide que comparta ese cuento que un día le dediqué. Así que ahí va dirigido ahora a todo aquel que alguna vez se ha sentido ante una bifurcación en su camino:


EL ALDEANO

 Érase una vez un habitante de una aldea que un día salió a pasear y decidió caminar más lejos de lo habitual. Llegó hasta un cruce de caminos que a su vez se bifurcaban y descubrió que había muchas maneras diferentes de llegar a la “Gran Ciudad”. Entonces corrió eufórico a contárselo a los suyos,  pensando que se alegrarían muchísimo de su gran descubrimiento. Pero no sólo no se alegraron, sino que le criticaron y le reprocharon que se hubiese alejado del camino “de siempre”, del camino conocido. Es más, ni siquiera creyeron sus palabras. Por primera vez el aldeano sintió el dolor de la decepción. Por primera vez en todos estos años, su opinión no era valorada y respetada como había sido siempre.


Desde entonces sintió miedo de volver a sentir aquel dolor tan extraño. Pasaron los meses y él seguía sintiendo miedo a expresar cualquier cosa que le pusiera en peligro. En peligro de hacerle sentir de nuevo aquel dolor. Evitaba cualquier cosa que pudiera hacerle sentir algo parecido. Un día, salió a caminar y llegó de nuevo hasta el lugar de la encrucijada. Se detuvo a reflexionar y a preguntarse porqué los demás no podían ver aquello que para él estaba tan claro. Se sintió triste, abatido y decidió dar la vuelta. De camino a su casa, vio a una niña sola, jugando con unas piedras cerca del camino. Al verle pasar, la niña le miró y le dijo:

-        ¿Por qué vas con esa cara tan triste?

El aldeano, absorto en sus pensamientos, contestó a la pregunta sin darse cuenta de que quién se la había planteado era tan sólo una niña.

-        He descubierto nuevos caminos para llegar a la “Gran Ciudad”, pero nadie me cree…

La niña siguió jugando con las piedras y sin mirarle le respondió:

-        Yo sí te creo.

El aldeano, sorprendido por la extraña conversación que acababa de entablar con la niña, decidió seguir charlando con ella.

-        ¿Por qué tú sí me crees?

-        Porque yo no tengo miedo.

-        ¿De qué?

-        De los monstruos que dicen que existen en los otros caminos.


¡Así que era eso! Era MIEDO lo que sentían y por eso no querían creerle.

 Al día siguiente, el aldeano tomó una importante decisión. Tomaría el camino que más le gustara y se iría a la “Gran Ciudad”. Y así lo hizo. Tomo su camino y llegó. Pasó mucho tiempo, pero llegó un día en el que se corrió la voz en la aldea de que él había conseguido llegar a la “Gran Ciudad” atravesando otros caminos mucho más hermosos que el “camino de siempre”, y no había ningún monstruo. En la aldea, se avergonzaron de no haberle creído aquel día, comprendieron lo injustos que habían sido con él y decidieron que, a partir de aquel momento, saldrían hacia la “Gran Ciudad” por otros caminos…sin miedo.










martes, 25 de octubre de 2011

¿Porqué justo a mí tenía que tocarme ser yo?

Imagen:www.otratierra.es

Esta pregunta la ponía el genial dibujante Quino en boca de Felipe, gran amigo de Mafalda… Y es una gran pregunta, una cuestión que todos, en mayor o menor medida nos hemos planteado alguna vez, sobretodo cuando las cosas no han salido como esperábamos…

“Otra tierra”, es el título de la última película que he visto en el cine. Fue el viernes pasado, justo el mismo día de su estreno en España. A la salida, una vez visionada (que no digerida) la proyección, en mi cabeza había muchas preguntas dignas de algún personaje de Quino. Las posibles respuestas trataban de completarse en mi cabeza (a veces, tengo piezas sueltas de una respuesta, pero no la respuesta entera).

La película de la que hablo es apta para quien guste de proyecciones que le reten a cuestionarme cosas, y prefiera que no le dirijan hacia una respuesta. Personalmente prefiero que me dejen el “campo abierto”, porque en alguna parte leí que las posibilidades son infinitas, y eso resonó en mi interior como cuando sabes que te gusta el chocolate y lo sabes sin que nadie te haya dicho cómo llegar a esa conclusión.

Sin embargo, en mi modesta opinión de espectadora sin la más mínima vocación de crítica cinematográfica, la película queda un poco descompensada: profundiza mucho en el drama humano que plantea (la protagonista comete un “error imperdonable”), pero poco en la gran pregunta que, al fin y al cabo es la que hace honor a su título: ¿y si hubiera otra tierra paralela, con otro yo idéntico a mí? ¿Y si hubiera la posibilidad de viajar hasta ella y conocerme a mí mismo? ¿Habría cometido mi otro yo los mismos errores?  

Pues bien, esta segunda trama queda más bien abierta a la imaginación del espectador. Y está bien. Quizás mi pequeña decepción fue causada por sobrealimentación de expectativas. Al fin y al cabo, el hecho de que pudiera haber otra Tierra y otro yo, me parece algo intrascendente comparado con lo que plantea la ciencia de vanguardia: somos multidimensionales y el universo es más bien un “multiverso” donde todo está pasando a la vez en el infinito mar de las posibilidades.

Pero como decía, no es mi intención hacer de crítica con gafas de pasta. Me quedo con las preguntas que me asaltaron el viernes por la noche: ¿Qué sería más importante para nosotros si nos pudiésemos visitar a nosotros mismos? ¿Comprobar si el otro yo ha cometido los mismos errores? ¿Comprobar si existe la posibilidad de cambiar las cosas que ya sucedieron? Para mi es evidente que si el otro yo no hubiese cometido los mismos errores…entonces no sería yo, por muy idénticas que fuésemos, no seríamos la misma persona.

Sin embargo creo que lo que esconde esta teoría es, por un lado la obsesión por tener otra oportunidad y, por otro lado, experimentar la “auto-observación”. Verse a uno mismo desde fuera es en realidad algo que inconscientemente necesitamos, porque ser el observador, te concede una perspectiva de tu vida y de ti mismo que con total seguridad, te cambia para siempre.

Y para eso, no  nos hace falta una nueva Tierra, sólo una nueva mirada para que todo empiece a cambiar, empezando por nosotros mismos.  Como dice Punset, “la belleza no está en el objeto sino en la mente que lo procesa”.


“Otra Tierra” habla de nuestras obsesiones ante los errores cometidos, ante la impotencia que se siente al ver que en una “mala” decisión o un mínimo acto inconsciente se produce una cadena de acontecimientos que terminan por cambiar la vida de muchas personas, a veces más de las que podemos soportar.

Pero ¿hasta qué punto cambiarían las cosas si se nos concediera una segunda oportunidad para hacerlas de otro modo? Me viene a la memoria otra película: La máquina del tiempo (Simon Wells, 2002). En ella el protagonista intenta varias veces viajar en el tiempo para tratar de evitar la muerte de su prometida, pero nunca lo consigue. Sólo cambia el modo en el que ella muere, pero siempre muere el mismo día y a la misma hora que la primera vez.


Un planteamiento interesante, ¿no?
Como humanos nos cuesta creer que algo tan importante de nuestra vida como es nuestra muerte, sea algo sometido a un hecho fortuito. Pensar que estamos expuestos al azar es bastante insoportable. Pero hay algo, que no sé si es un sexto sentido o simplemente sentido común, que nos dice que, aunque forjamos nuestro destino con nuestras acciones (hijas, dicho sea de paso, de nuestros pensamientos) hay una parte del guión que parece estar escrita y que hagamos lo que hagamos, no conseguiremos evitarla. En fin, esto daría para otro “post” (¿se dice así? Es que soy nueva en esto de “bloggear”).

Volviendo al hilo del primer ovillo…me llama la atención otra “preocupación” que refleja la película: la irremediable curiosidad por contactar con seres que habitan en otros planetas. Me pregunto si esa preocupación no estará relacionada también con nuestro ego…y sino os recuerdo de nuevo a Mafalda, en aquella imprescindible viñeta en la que exclamada enfadadísima, tras haber leído en un periódico la noticia de avistamientos de platillos volantes: “¡Y porqué habiendo mundos más evolucionados…yo tenia que nacer en este!”