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viernes, 13 de junio de 2014

‘Maléfica’: una versión muy ‘despierta’ de la Bella Durmiente





Después de un par de intentos fallidos, los astros y mi agenda firmaron un convenio, dejándome vía libre para ir al cine.

El aire retro- nostálgico del cine Víctor de Santa Cruz, era el marco perfecto para disfrutar de un clásico cuento de hadas: La Bella Durmiente… alias “Maléfica”.

Intuía que, de clásico, iba a tener poco y de cuento de hadas menos todavía. El mensaje superó con creces mis expectativas. 

No sólo invita a la reflexión acerca de la complejidad del ‘bien y el mal’ (ambos están en nosotros), si no que va más allá y plantea que el reino de lo humano (consciente) y de las ciénagas (subconsciente) se unen gracias, no a un héroe (someter al subconsciente) ni a un villano (someter al consciente) sino a un ser que es a la vez héroe y villano: Maléfica. Un ser que siendo puro, se topa con su propia sombra y se convierte en ella hasta que descubre de nuevo la luz, a través de una niña (Aurora) que ‘despertará’ en ella el Amor verdadero. 

Así, paradójicamente, la 'Bella Durmiente' se convierte en la lucecita de esperanza que pese a los intentos de nuestra propia sombra por dormirla, es capaz de despertar y despertarnos…y tomar las riendas de los dos Reinos (sombra y luz). 

Más que recomendable para adictos a las metáforas como yo… ;)



Observaba, sentada en el barco, la bruma espesa: 
"Futuros invisibles" -pensó, con la certeza de que se dirigía hacia el sol.

jueves, 22 de mayo de 2014



Hoy me duele la presencia de tu ausencia. Hoy me atormenta lo que une la distancia. Hoy me falta espacio… para tanto vacío.

Lyro

lunes, 7 de abril de 2014

Destino Compasión








Sola, en un andén, con las maletas llenas de ‘autosentencias’ que nunca terminé de admitir, me protejo de la lluvia de lágrimas con el paraguas del orgullo. Suena una voz megafónica: “Cercanías con destino a la Compasión efectuará parada en el andén principal”. Y entonces me doy cuenta de que para subir al tren que se aproxima, es necesario cerrar el paraguas.


Tomo asiento junto a una de las ventanillas, respiro hondo, miro a mi alrededor y observo las escenas que ante mis ojos se manifiestan en aquel vagón. Los demás pasajeros parecen no advertir mi presencia.


“¡Otra vez llego tarde! – exclama un hombre con aspecto de ejecutivo, hablando con alguien por el móvil - ¡Siempre llego tarde por tu culpa! Las oportunidades llegan y tú nunca estás donde deberías estar. ¡Pareces tonta!”.


No sé quién puede estar al otro lado del teléfono móvil ni cuál será su error o su culpa, pero creo que no merece ese trato. Me compadezco de ella sin saber quién es o qué es lo que ha hecho…


Sentadas en otro compartimento, dos adolescentes que parecen haber salido de una serie de Disney Chanel, comparten una revista. Parece ser que se sienten “perfectas” y con autoridad moral para destrozar sin piedad a una de las protagonistas de su revista. En tan solo un par de minutos han criticado su pelo, sus ojos, su nariz, sus dientes, su piel, su barriga, su ropa, sus zapatos, su sonrisa, su postura, sus arrugas, su celulitis y su estilo en general, al que han declarado oficialmente como “del montón”.


No sé quién es la chica de la revista que está siendo víctima del maltrato de estas dos cabezas huecas, pero pienso que no lo merece. Me compadezco de ella sin saber quién es ni cómo es…


Desde los asientos que están justo detrás de mí, me llega el sonido estridente de una voz enfadada:


“Pero ¿dónde crees que vas? – reprocha la voz – Eres incapaz de conducir un coche, incapaz de ganar suficiente dinero como para no depender de nadie, incapaz de organizarte para llevar a cabo con eficacia todas tus responsabilidades como madre, como profesional, como mujer, como ciudadana, como hija, como hermana, como amiga, como vecina… Veinticuatro horas no son suficientes para ti, pero el día tiene veinticuatro horas y es perfecto. La que tiene el problema eres tú, que no naciste con la energía suficiente, con la capacidad de planificación y acción que hay que tener para triunfar en la vida y ser feliz”.


¿Triunfar en la vida y ser feliz? Me pregunto si esta persona no se da cuenta de que la felicidad tiene poco que ver con triunfos externos, con planificaciones, organizaciones, capacidades, habilidades o dinero. La felicidad no te la da una circunstancia, ni siquiera es una actitud, aunque la actitud te acerca a ella. La felicidad es una decisión. La eliges cada minuto, cada segundo de tu vida…


No sé quién es la pobre que está soportando el chaparrón de impertinencias de esa voz que escucho detrás de mí, pero no merece tales desconsideraciones. Me compadezco de ella sin saber quién es ni cómo piensa…


Un vaivén algo brusco del tren, detiene mis pensamientos. Miro por la ventana y veo que hemos llegado a nuestro destino. Las puertas se abren y bajan todos los pasajeros, pero cuando yo voy a salir, se cierran de golpe las puertas, dejándome encerrada y sola en aquel vagón.


Golpeo la puerta y grito: “¡Abran la puerta, por favor!”. Nadie parece verme ni escucharme…


El tren se pone en marcha: “¡No puede ser! ¿Qué hago?” – Pienso en voz alta – Ya sé. Voy a buscar al maquinista…”.



Intentando mantener el equilibrio voy pasando de un vagón a otro hasta que llego a la cabina del maquinista:


- “Disculpe – le digo, tímidamente- yo quería bajar en la parada de la Compasión pero se me han cerrado las puertas bruscamente y…”.


- “¿Tienes el certificado en regla? – me pregunta, mirándome a través de una especie de espejo retrovisor”.


- “¿Qué certificado? – exclamo, poniendo cara y gesto de no estar entendiendo absolutamente nada – Pero si ha bajado todo el mundo…”


- “No ha bajado nadie. Ibas tu sola en el tren, querida”.


- “¿Cómo?”


- “Si, lo que oyes. Todos esos pasajeros eran proyecciones de tu propia mente que intentan hacerte comprender algo: No hay nada que hayas escuchado de ellos que no te lo hayas dicho tú a ti misma…millones de veces. Sin embargo, eres capaz de compadecerte de cualquier persona, sin conocerla, sin verla, sin saber cómo piensa como es o qué ha hecho. La pregunta es sencilla: “¿Por qué no sientes la misma compasión hacia ti? ¿dónde está la comprensión, la empatía y la capacidad de valorarte a ti misma como valoras comprendes, empatizas y te compadeces de los demás?”



Agaché la cabeza y, volví a mi vagón. Me senté de nuevo junto a la ventana y esperé a la siguiente parada. Me quedé un poco adormilada hasta que una leve sacudida me abrió los ojos otra vez. El tren se había parado. Miré por la ventana y descubrí mi nuevo destino. La luz radiante del sol me invitó a dejar mi paraguas en el viejo tren. No lo iba a necesitar.


Al bajar se cayeron las maletas, abriéndose, y de ellas salieron volando cientos de mariposas de todos los colores. Siguiendo la trayectoria de su vuelo, mi mirada se cruzó con un cartel que decía: “Bienvenidos a la Estación de la Autoobservación. Desde aquí podrá solicitar su certificado de admisión para desplazarse hasta las paradisíacas playas de la Empatía, la Comprensión y la Compasión”.


martes, 1 de abril de 2014

La Reina de tu Vida





Ahí estás…fascinada y temerosa a la vez, ante el espejo. Esa extraña ventana en la que ves a ese ser que te han dicho que eres. Pero…no te reconoces, ¿verdad?

“Nada de lo ajeno me es humano”, cita Roberto en clase a Publio Terencio…mientras tú piensas que todo lo humano te es ajeno. Siempre ha sido así. Te miras y ves a un ser tan pequeño, tan frágil, tan…insignificante. Pero agudizas la mirada y detrás de esos ojos oscuros presientes algo grande, tan grande que se siente terriblemente limitado en ese cuerpecito lleno de necesidades. “La Reina” como te gusta llamarla…está dentro. Se mira al espejo y no da crédito: “¡Si el mundo supiera quien soy!”.

La Reina puede volar y tomar la forma que más le plazca en cada momento,  puede mover objetos y deslizarse por el espacio tiempo cuando quiera…pero por alguna razón, está atrapada en un cuerpo humano. ¿Quiso experimentar o fue castigada por su arrogancia o el mal uso de sus poderes?

La Reina, a veces…te maltrata. Te llama “inútil” y “mediocre”…y te hace llorar. Pero… ¿te cuento un secreto? La Reina te tiene miedo porque sólo puede vivir a través de ti esta experiencia humana y te quiere controlar, dominar y manipular para que sigas pensando que es ella la que manda…pero sabe muy bien que no es así.


Yo voy a hablar con ella, y se va a sentir avergonzada por haberte tratado mal…y te pedirá perdón. Luego, será tu amiga si la dejas…y a través de ti experimentará la dicha de ser un ser humano imperfecto pero único en el universo. 

Y tú, gracias a ella, sentirás que eres poderosa y que eres la Reina de tu Vida, única y legitima soberana de tu Destino.

lunes, 3 de febrero de 2014

“Yo sólo quiero ser perfecta”
                                Nina Sayers (Black Swan/Cisne negro)


“No vemos las cosas tal como son, sino tal como somos”, dice el Talmud, pero… ¿cómo somos? ¿Alguien lo sabe?
Ayer soñé con una niña de pelo ondulado y ojos café. Estaba hablando sola, mirando hacia el infinito y utilizaba un lenguaje impropio de la edad que parecía tener:
“Desde que tuve uso de razón -decía - aspiré a la perfección. Quería para mí todas las cualidades y condiciones óptimas, todas las actitudes y aptitudes positivas…y era muy, pero que muy consciente…de que no tenía nada de todo aquello que yo anhelaba. Y la culpa era mía y del mundo…
En algún momento de mi niñez asumí la responsabilidad de no hacer nada que pudiera “disgustar” a mis padres. Posiblemente, verles sufrir por el comportamiento “inadecuado” de mis hermanos mayores, influyó mucho más de lo que cabría esperar.
Yo me adjudiqué el papel de impoluto “cisne blanco”: la niña buena. En algún momento de mi adolescencia pude entender que mis padres eran seres humanos corrientes y cometían errores…y yo no podía responsabilizarme de su felicidad. Pero ya era demasiado tarde: en mí estaba integrada y asumida la creencia de que “hay que ser perfecto para ser querido”. Pero… ¿querido por quién? ¿Por todos los demás? Tal vez…aunque sospecho que la persona más exigente conmigo soy yo. Realmente, a fin de cuentas, de quien he estado huyendo y a la vez buscando aceptación…ha sido de mi misma. La sentencia es firme: Soy incapaz de quererme porque soy incapaz de ser perfecta…en algo, lo que sea. La mediocridad me mata”.
Entonces bajo la mirada y nuestros ojos se encontraron, entonces advertí que sujetaba entre sus manos un cisne, de color gris:
“Al igual que Nina Mayers, - siguió - en la película “Cisne Negro”, hubo una etapa de mi vida en la que pensé que enfrentarse a la sombra era…convertirse en la sombra: ser capaz de ser cisne blanco y cisne negro, pero descubrí que al ser el cisne negro….estaba matando al cisne blanco. Y no se trata de eso: Yo no soy un cisne, evidentemente. Y con esto quiero decir lo que estoy diciendo: Yo soy “algo” que contiene a los dos…que observa a los dos, sin creer que es ninguno de los dos.  El perfeccionismo me ayuda tanto como la ira…el secreto está en la dosis justa y en mantenerse, pase lo que pase…en la observación. La verdad es que si observo, me doy cuenta de que todo ha sido, es y será perfecto tal y como fue, es o sea”.
En ese momento, pensé que el cisne gris que sujetaba la niña debía de representar la unidad del blanco y el negro, pero no pude evitar hacer un juicio: pensé que no era lo mismo, no era tan bonito…resultaba algo mediocre. La niña, como si me leyera el pensamiento, puso a aquel cisne grisáceo en mis brazos y luego sacó de un bolsillo de su vestido un espejo:
“Mira aquí – me dijo –...a veces, necesitamos espejos para ver mejor”. A través del espejo pude ver que en mis brazos había un espectacular cisne cuyo plumaje no acierto a describir. Nunca había visto nada igual…El arcoíris era la única palabra que llegaba a mi mente y que podría acercarse a aquel espectáculo visual. Al otro lado del espejo, mi mediocre cisne gris era…algo así como un ser “divino”.
“Así podemos vernos - dio la niña –  cuando aprendemos a observar”.
A través del espejo, pensé…esa es la clave: es a través de los demás, dónde podemos ver con nitidez proyectada nuestra luz y nuestra sombra. Cuando entendemos esto, dejamos de juzgar…dejamos de juzgarnos. Y sabemos, tenemos la certeza, de qué es lo que hay que hacer. Y sabemos que no hay errores, hay consecuencias, hay aprendizaje…y todo es PERFECTO.
“Yo sólo quería ser perfecta – me decía la niña sonriendo – y aprendí que sólo puedo serlo en la medida en que sea capaz de ver la perfección en todo lo que me rodea… sea como sea”.

martes, 1 de octubre de 2013

La araña mística



     


Mi mente no se calla ni debajo del agua. Es más, parece que el chorro de la ducha activa algún misterioso mecanismo de hiperactividad neuroquímica, porque todo intento de no pensar mientras me entrego a la caída del agua sobre mi cabeza, desemboca en estrepitoso fracaso. Claro que, los fracasos son oportunidades disfrazadas…y a mí me encanta desenmascarar misterios.

Ayer, la “culpable” de mi fallido intento por no pensar, fue una diminuta araña patilarga que hacía lo imposible por subir por el mojado y resbaladizo azulejo de la pared. A primera vista me pareció una especie de pelusilla…pero enfoqué de nuevo y la vi: daba dos pataditas hacia arriba y resbalaba. Al imaginarme a aquel insecto resbalando y cayendo a mis pies, un escalofrío me recorrió la espalda. Una furia visceral se apoderó de mí  y cuando iba a aplastarla sin piedad…algo me hizo parar y pensar. La metacongnición se activó en mi lóbulo frontal y observé la situación objetivamente. Era yo contra una “pelusa” viviente. Las razones de mi miedo eran, no sólo infundadas sino que, además eran…absolutamente ridículas. 

Pero ¿por qué me daba miedo aquel diminuto ser que luchaba por alcanzar el siguiente azulejo sin caer al vacío? ¿Cuántas veces hemos tratado de aplastar aquello que nos produce un miedo irracional, sin detenernos a reflexionar sobre la causa de ese temor? ¿Hasta qué punto los miedos inconscientes nos hacen cometer estupideces?

Salí de la ducha, pensando en estas cuestiones, mientras me envolvía en mi toalla y le perdonaba la vida al bicho. Ella no lo sabía pero, en aquel momento yo era su diosa… ¡qué cosas!

Pasé la mano por el espejo para quitar el vaho y me encontré con alguien que me miraba al otro lado del cristal. Me miró a los ojos y me preguntó: “¿De qué tienes miedo?” Yo le respondí que me da miedo la tristeza, pero no cualquier tristeza sino esa que llega sin motivo, irracional, y que boicotea un momento mágico. Es como si, cuando eres feliz, surgiera para recordarte que no puedes serlo.

“¿Qué pasaba en el momento en el que apareció esa tristeza?” – me preguntó. Yo recordé cuándo lloré por última vez. Cuándo lloré sin motivo. Y fue en un momento en el que me sentía querida, mimada, acariciada...”No tiene sentido”, pensé. “Sí tiene sentido”, me dio ella: “Ve a tu infancia…y busca los momentos en los que te acurrucabas en los brazos de un adulto. Esos momentos en los que te acariciaban, te mimaban….busca y verás que lo hacían cuando estabas llorando porque te había pasado algo malo. Te caíste, te golpeaste, alguien te dijo algo que te hirió…y entonces, tenías consuelo”.

En ese momento, comprendí…. ¡claro, como no se me había ocurrido antes! Aprendí que para recibir abrazos, caricias, mimos….tenía que llorar. Por eso, ahora…al recibir esos gestos hacia mí… mi cuerpo, inconscientemente genera la química de la tristeza…mi cuerpo sigue creyendo que debe llorar para recibir abrazos y caricias…

“Recuerda a aquel místico sufí”, me dijo: “Tu tarea no es buscar el amor, sino buscar y encontrar dentro de ti, todas las barreras que has construido contra él”.

La del espejo sonrió complacida…yo miré de nuevo hacia la pared de la ducha y observé que la araña ya no estaba. Se había ido y, con ella, se fue… mi falsa tristeza.