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lunes, 16 de septiembre de 2013

Corazonadas...





A veces, en el camino de la vida, “tropiezas” con algo extraordinario. Algo que te atrapa por su energía, por su belleza, por la magia que desprende… pero, en lugar de aceptar “el regalo”, disfrutarlo y agradecerlo; en lugar de permitir que entre en escena el corazón, que es el verdadero responsable del hallazgo, y dejar que tu alma se exprese libremente en el escenario de la vida…optas por llamar a escena a la mente.


Entonces piensas, razonas, analizas…y llegas a conclusiones como: esto no tiene sentido, esto no es posible, esto es demasiado raro, esto no es para mí, esto es complicado, qué pasará si…etc. Y, sin darte cuenta, estás "fastidiando" toda la obra por la que un montón de observadores (almas) anónimos han "pagado" para disfrutar...e incluso para aprender. Sin darte cuenta, estás paralizando el flujo de la vida, estás deteniendo el movimiento de las estrellas, y estás bloqueando tu propia vida, tu propio universo interior. Y todo...sin darte cuenta. 

Pero, el director de la obra lo ha previsto todo y, aunque el Génesis no habla de ello...hubo un octavo día de la Creación, en el que Dios dio vida a los "apuntadores" de sus obras. Tú compruebas la existencia de estos seres, cuando estás en ese escenario, con el personaje equivocado y escuchas un susurro...Puede que al principio no le veas porque te puede cegar la luz del foco que les suele acompañar. Pero la curiosidad seduce a la mente y acabas por ajustar el enfoque hasta que le ves: el “apuntador” (con alas, siempre llevan alas, aunque no las veas a la primera) te sonríe desde un discreto rincón... y  te recuerda el guión: “¡Eh! Mente fuera….esta escena es del corazón ¿no te acuerdas?”. Y tú…empiezas a recordar y tomas lo que sabes que te pertenece y lo empiezas a disfrutar, el tiempo que sea necesario, y simplemente aceptas, agradeces….y comienzas a hacer de tu mente, un lugar más acogedor para tu alma.

sábado, 17 de agosto de 2013


Resolviendo "Crucidramas"



Habíamos quedado a las ocho de la tarde en el ‘Café de las Horas’, muy cerca de la catedral. Echaba de menos las tormentas de verano, así que esa tarde del mes de agosto, el bochorno del ambiente y los nubarrones que se avecinaban, me confirmaban que con un poco de suerte, no tardaría en escuchar los truenos que me devolvían a episodios entrañables de mi infancia. El viento comenzó a dibujar remolinos en la plaza de la Reina y una bandada de pajaritos grises anunciaba escandalosamente su retirada. Sonaba el primer trueno, cuando entré en el viejo café…

Los aromas a madera, te, canela, granos de café recién molidos y nostalgia, me dieron la bienvenida. El juego de luces anaranjadas y la decoración, a caballo entre anticuario y santuario, me hacían sentir como una viajera en el tiempo. Recorrí con la mirada el conjunto de mesas y pude ver una melena blanca como las barbas de Papá Noel.

Ella estaba allí sentada, con la mirada absorta en el periódico que medio sujetaba con un codo, mientras hacía girar con la otra mano un elegante bolígrafo que hacía juego con el local. Acercándome a la mesa, aprecié un nuevo detalle: en la pared, justo detrás de ella, colgaba una estantería con unos libros y un ángel sentado vestido de azul índigo que sostenía una trompeta. No pude evitar recordar a mi vieja amiga Pilar (lo de vieja no es porque la conozca desde hace muchos años, sino porque ronda los ochenta). Según ella, experta en ángeles y en todo tipo de experiencias paranormales habidas y por haber (siempre dudé si era experta o adicta), posiblemente aquel ser alado era Gabriel, el Arcángel mensajero.

Me senté dando un suspiro. Ella levantó la mirada y me miró sonriendo con los ojos, como sólo saben hacerlo las personas sabias:

-         ¿Qué te pasa? Oigo truenos, pero no sé si la tormenta está ahí fuera o dentro de tu cabeza.

-         Lo de ahí fuera es un chaparrón de verano. Aquí dentro – dije, dándome un golpecito en la frente con los dedos – se avecina el diluvio universal.
Movió la cabeza riendo, dando a entender que lo mío no tiene remedio, aunque sus ojos decían otra cosa. Fue en ese instante cuando me di cuenta de que no estaba leyendo el periódico. Lo que la tenía tan concentrada era un crucigrama que por lo que observé, ya estaba medio resuelto.

-         Échame un cable – propuso repentinamente mientras señalaba su crucigrama ­- Con ocho letras: Quedarse detenida por algún obstáculo – volvió a clavarme los ojos tras haber formulado la definición y apoyó los codos en la mesa sujetándose la cara como si no le importara esperar un par de horas la respuesta. Yo no tuve la más mínima duda y le respondí triunfal:

-         Atascada.

-         Correcto – anunció complaciente mientras rellenaba las casillas con precisión.

-         Es curioso – repliqué - porque…así es exactamente como me siento ahora: atascada. Siento una maraña de ideas en mi cabeza que no consigo ordenar. Tengo la certeza de que todo está conectado y sin embargo, cuando intento atar cabos, hilar las cosas…todo se vuelve inconexo. Me da la sensación de que no importa el camino que tome porque todos me llevan a la misma dispersión. Es como si el mundo girara y todos tuvieran su lugar en el complejo engranaje de la vida…excepto yo – tomé un respiro y recordé lo mal que estaba durmiendo últimamente -  Ayer soñé que estaba en el andén de la estación de trenes del norte. Salían trenes, llegaban trenes…pero yo seguía en el andén sin saber a cuál de ellos subirme. ¿Cómo iba a subirme a un tren si no sabía adónde quería ir? Estoy harta de no saber de qué va este juego. De no saber a qué he venido, porqué y para qué estoy aquí – Miré hacia la ventana y escuché la lluvia que empezaba a caer con fuerza. Dos monjas cruzaban la calle, intentando sin éxito escapar del agua que les caía del cielo – No sabes la envidia que me dan todos los que tienen una vocación clara en la vida. Saben lo que quieren y van a por ello, aunque sea absurdo, aunque sea estúpido, aunque no tenga el más mínimo sentido para los demás. Cuando alguien quiere algo y no duda de lo que quiere…

-         Siempre paga un precio – me interrumpió con firmeza y me miró con cierta dureza – La seguridad tiene un precio: dependencia…en el mejor de los casos. En el peor: esclavitud. ¿Quieres ser una esclava? Adelante, puedes conseguirlo: créete todas necesidades que se supone que debes tener para ser una persona feliz en este mundo: vende tu talento y verdadera vocación a cambio de un sueldo; malgasta tu capacidad de amar buscando a una pareja ‘ideal’ que tenga todas las virtudes que a ti te faltan; pertenece a una familia unida a cualquier precio (las que te dan siempre la razón mientras acates las condiciones como miembro del clan son las mejores…); protégete al amparo de un sistema de creencias que te garantice que eres buena siempre y cuando cumplas unas normas; toma una píldora para adormecer todos y cada uno de los dolores de tu cuerpo y de tu alma y luego… muere y vuelve a empezar porque no te habrás enterado de nada.

-         ¿Pero por qué hay que elegir entre libertad y seguridad? Así es imposible ser feliz en este mundo… -protesté poniendo cara de víctima, esa misma cara con la que me levantaba cada día últimamente.

-         ¿Quién te ha dicho que hay que elegir? Si buscas cualquiera de las dos ahí fuera…no conseguirás nada. Como mucho un espejismo de alguna de ellas… Tú tienes la absoluta certeza de que el mundo es mucho más complejo de lo que nos hemos creído. Sabes que la historia oficial del mundo no es más que una versión y no tienes ninguna duda de que somos algo más que un cuerpo… Eso, querida, es tener seguridad y tus dudas son la evidencia de que piensas por encima de los límites diseñados por el paradigma establecido…y eso, es libertad – Me guiñó un ojo y siguió con su crucigrama. Yo me quedé pensativa y el camarero me devolvió al mundo físico:

-         Buenas tardes, ¿qué le pongo?

-         Un café granizado, por favor – necesitaba bajar la temperatura del lugar (se llame como se llame) en el que habitan mis neuronas.

-         Tenemos unos brownies recién hechos…

El aroma a chocolate voló hasta mi nariz. La miré a ella y me miró con una sonrisa pícara. Su cara decía: “Carpe Diem”.

-         Me has convencido – le dije al camarero con falsa resignación, como si llevara horas tratando de convencerme. Él me regalo una sonrisa sincera y salió de la escena. Yo volví a mirarla recordando sus últimas palabras y protesté:

-         Eso de la libertad y la seguridad...tienes razón, pero no puedo evitar pensar que es como tener la parte teórica aprobada y un montón de calabazas en la práctica. Se me acumulan las circunstancias y no sé por dónde empezar…

-         ¿Sabes qué es lo que más me gusta de los crucigramas? – volvió a interrumpirme con suavidad, con un gesto que preludiaba una respuesta metafórica – Los atascos. Si supiera todas las definiciones, hacer un crucigrama no tendría ningún sentido. Sería un mero ejercicio mental, demasiado fácil y, por tanto monótono y aburrido. Lo bueno de un crucigrama es cuando, una definición te obliga a reconocer tu ignorancia, a pararte y admitir que estás perdido. Es ahí cuando tienes dos opciones: seguir “atascado” pensado en la solución una y otra vez, con la pérdida de tiempo y el desgaste mental y energético que esta opción supone, o bien te dedicas a resolver aquellas que sí conoces y tratas de aprovechar las “pistas” que cada definición te da con respecto a las demás . El crucigrama te enseña que todas las definiciones están interconectadas y que cada vez que resuelves una…las estás resolviendo todas. No puedes solventar todo el crucigrama a la vez, debes ir paso a paso, pero curiosamente a cada paso que das, cada vez que resuelves una nueva definición, vas teniendo una visión más amplia. Algunas veces, la definición más difícil, se resuelve sola, porque mientras solucionabas las demás, sin darte cuenta ibas rellenando las casillas de aquella que constituía ‘el gran enigma’.

Entonces, dejó el bolígrafo y apartó el periódico. Puso sus manos sobre las mías y de nuevo, me miró con esa sonrisa en la mirada:

-         Las mejores respuestas llegan solas, siempre y cuando cumplas tu parte: haz lo mejor que puedas, con lo que tengas, estés donde estés.

-         Esa frase no es tuya… ¿no es de Roosvelt?

-         Sí, un toque americano siempre resulta más peliculero…

La miré con un agradecimiento infinito:

-         Nunca perderemos el sentido del humor- le dije.

-       Nunca. Ese es nuestro secreto. Somos alquimistas del drama. Siempre cabe la posibilidad de convertir la tragedia en comedia…o al revés. Tú decides.

Volví a mirar hacia la ventana. La lluvia había cesado y entraba un ligero olor a tierra mojada. Llegó el camarero con el café y el brownie. Mi reloj marcaba las ocho y ocho minutos. Por la puerta entró ‘mi cita’:

-         Disculpa el retraso…menudo chaparrón ha caído en un momento.

         No te preocupes, he aprovechado para mantener una conversación conmigo misma.

-         ¿Con cuál de todas?

-         Con la más vieja…

Mientras se sentaba le echó una ojeada al periódico que había sobre la mesa.
-         Se te dan bien los crucigramas, por lo que veo.

Sonreí y miré hacia la puerta. Ella salía haciéndome un gesto de despedida. Yo diría que se me dan mejor los “crucidramas”, pensé.



sábado, 6 de julio de 2013

Actitud Vintage




 

Desde hace tiempo vengo observando el fenómeno “Vintage”. Revistas de moda, fashion bloggers y personal shoppers hablan constantemente tanto del vintage como del estilo retro. Los expertos en tendencias aseguran que se trata de algo así como una nostalgia proyectada creativamente para aliviar el estrés psíquico y emocional que nos causa esta era de fría tecnología.

Avanzamos desbocados hacia un futuro que corre más deprisa que nosotros. Las nuevas tecnologías nos persiguen como una apisonadora. La obsolescencia programada es un hecho. Las cosas ya no se hacen para perdurar en el tiempo sino para capturar el instante y eso  puede llegar a ser realmente agotador.

Ya no coleccionamos cosas, sino momentos…y los momentos se suceden unos a otros tan rápido que nos da la sensación de que la vida nos vive a nosotros en lugar de nosotros a ella.  Es entonces cuando un pasado sin Internet, sin móviles, sin doscientos canales de televisión, sin iPod, sin Mp3, sin Whatsapp, sin Facebook…nos parece un lugar en el que la vida no pasaba como un tren sin parada.

Aunque no creo que sea cierto aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, reconozco que me gusta la estética vintage y veo algo positivo en esta tendencia retrospectiva. En nuestra memoria, tendemos a exponer en vitrinas de escaparate los malos momentos del pasado como si fueran trofeos. Muchas veces, damos una importancia desmesurada a lo que pasó y nos hizo daño, dejando que empañe todo nuestro pasado. Acabamos dejando en el desván de nuestra mente, metidos en un baúl lleno de polvo, los momentos felices del pasado. Y eso no es ni justo ni sano. Por eso, me gusta hablar de la “actitud vintage”, porque es la actitud que te permite subir al desván y rescatar del viejo baúl todo aquello que en su día fue hermoso, te dio felicidad o te alegró la existencia. Es la actitud de rescatar todo aquello que merece la pena rescatar y colocar en la vitrina, bien expuesto para que no se nos olvide, mientras lanzamos a la papelera más cercana todo aquel trofeo obsoleto que nos permite seguir siendo víctimas de algo o de alguien.

A veces, es necesario mirar atrás, sin pena, con una nostalgia creativa que nos permita cambiar el enfoque cuando éste se ha vuelto demasiado pesimista: donde hubo, siempre queda. Donde hubo sueños, ilusiones y felicidad, siempre queda….Recuperemos entonces esos momentos para seguir creándolos en el presente y en el futuro. Volver la vista atrás no es retroceder: si es para salvar del olvido algo que merecía ser devuelto al recuerdo, jamás será perder el tiempo. Puede que ese alto en el camino te haga llegar un poco más tarde de lo previsto a tu meta…pero llegarás mucho más sabio y habiendo disfrutado del trayecto.

lunes, 10 de junio de 2013

"Del lado del verano": 

La historia de un eslabón abierto



Ser peninsular en Canarias es un “sambenito” que acabas por asumir, aceptar, asimilar, digerir y…viendo películas como la que acabo de ver esta tarde, diría que se puede hasta llegar a “degustar”. Después de once años en esta bendita tierra, me alegra saber que una culpa tan grande…no podía ser toda mía. 


“Del lado del verano”, es una tragicomedia en la que Antonia San Juan…me da la razón: la idiosincrasia canaria es, como el patio de mi casa: muy particular. Si bien el mundo de las controversias familiares que refleja la película, se podría extrapolar a cualquier rincón español (la hipocresía, las eternas contiendas entre suegras, nueras y cuñadas...etc.), sí hay algo genuinamente canario que, bajo mi punto de vista,  queda reflejado a la perfección en esta película: yo lo llamo el “aquí no pasa nada”. Se trata de una actitud estoica ante un problema o situación conflictiva que, a pesar de ser algo imposible de negar y evidente…se niega con la frialdad de un tempano de hielo. Es una especie de pánico a parecer débil o vulnerable. Es terror a que dé la más mínima impresión de que algo se te escapa de las manos, algo te afecta o te duele en lo más profundo de tus entrañas o existe alguna cosa en tu vida que, sencillamente, no controlas. Por eso, se puede preguntar la receta de las croquetas de calabacín mientras contemplas a tu hermano muerto en la cama del hospital o, finges que te preocupa poner el colchón de la cama de tu cuarto “del lado del verano” cuando te acaban de dar la noticia de que tu marido ha fallecido. 

Confieso que esa actitud me ha desbordado en más de una ocasión. Sin embargo, agradezco a las islas afortunadas el reto que me ha supuesto poner a prueba mi capacidad de resiliencia…

Quitando esta pequeña particularidad, subjetiva por supuesto…el mensaje de la película es universal. La sentencia de Antonia San Juan me llega al alma: “Solo se puede amar a la familia cuando te separas de ella”. Me encuentro con muchas personas que se han sentido o se sienten extrañas en sus lugares de origen, con sus “seres queridos”. Ovejas negras o perros verdes…o a veces, extraterrestres. Fuera de lugar en cualquier caso y  un denominador común: una fuerza o impulso irrefrenable de salir de dónde se está. Es la teoría del eslabón abierto…y en todo árbol genealógico siempre hay uno o más. 

Si eres uno de esos eslabones abiertos de  la cadena…enhorabuena, te tocó romper esquemas y superar viejos patrones genéticos. Respira hondo, ponte el cinturón y prepárate para las turbulencias del viaje. Si consigues llegar a tu destino, habrás cambiado el juego por completo porque, como dicen al comienzo de la película: “una sola pieza, modifica todo el tablero”. 


martes, 21 de mayo de 2013


¿Qué pintamos aquí?



…Y ahora, ¿qué? Tengo la sensación de estar adquiriendo un montón de ingredientes que “me dicen” que son necesarios para el plato que debo cocinar…Sin embargo, la receta no aparece por ninguna parte.

Los ingredientes se buscan fuera. La receta se encuentra dentro.

Pensaba que algunos ingredientes también venían de adentro.

Sí, realmente todos. Pero los proyectas hacia fuera…y los “alcanzas”.

Pues ahora mismo, con esta metáfora tan culinaria, estoy al borde de la “empanada” mental.

Hazlo sencillo. Quizá sirva una metáfora más visual: Tienes todos los instrumentos a tu alcance, todos los colores…para pintar el gran lienzo de tu vida. Estás deseando empezar y ves el espacio en blanco. Buscas un tema, una inspiración, un modelo, un paisaje… ¿qué vas a proyectar? ¡No importa! Simplemente….empieza. ¿Sabes qué? Hay más lienzos. No importa si lo que acabas de pintar te parece una mierda: arranca el   lienzo, tíralo a la papelera y…sigue pintando. Siempre habrá un momento en el que incluso el lienzo de mierda sea valorado como algo grandioso. En realidad, ese es el secreto de las “obras de arte”. El artista es un canal sensitivo que muchas veces no entenderá muy bien lo que ha proyectado. Su “misión” es pintar, plasmar lo que capta. El mensaje tiene su destinatario o su grupo de destinatarios.

¿No te has preguntado nunca porqué se pagan cantidades astronómicas por una “obra de arte”? ¿Por el poder? Sí…pero no el poder económico, no el poder de la posesión. Eso creen muchos…Pocos conocen el verdadero poder de las obras creadas: la energía escondida en ellas.

Pintad…a cada cual le llegará su momento para adquirir alguno de vuestros lienzos.

sábado, 20 de abril de 2013


El momento kryptonita






Corría el año ochenta y algo (lo de “corría” es un decir, ya que por aquel entonces, el tiempo parecía caminar a la pata coja… ¿qué habrá sido de aquellos larguísimos veranos?). Era la época en la que solíamos invertir muchas horas del fin de semana comiendo pipas en los oxidados bancos de la avenida o chupando regaliz en el cine los domingos por la tarde, viendo a los Gremlins, Karate Kid o Regreso al futuro.

A mí me gustaba un chico (bueno, me gustaban varios…pero éste era uno de mis favoritos). Era algo mayor que yo. Se llamaba Agustín y tenía un Vespino blanco….y un par de ojos verdes). Como yo tenía unos 12 años y pocas conexiones neurológicas todavía, no ejercitaba mucho la prudencia a la hora de hablar de mis amores platónicos. Vamos que….el chico se enteró y una tarde calurosa de domingo se plantó delante de mí en plena calle con su Vespino blanco y sus ojos verdes y tuvo la osadía de decirme: “¡Hola! ¿Qué tal?”. 

Recuerdo que le daba el sol en los ojos que pasaron de verde normal a kryptonita…y el Vespino blanco se convirtió en un corcel galopando por el bosque. Aquella “experiencia religiosa” me provocó un bloqueo en mi inmaduro lóbulo frontal y lo único que supe hacer fue salir pitando de aquel escenario que me estaba matando de éxito. Sí, eche a correr como una yegua desbocada. Corrí por aquella de repente interminable avenida con los cachetes encendidos de rojo vergüenza. 

Me había imaginado mil escenas románticas con nosotros dos como personajes protagonistas…pero daba por hecho que jamás se harían realidad…todavía no había leído nada sobre el poder del pensamiento…no sabía nada de física cuántica, pero resultó que, en el campo cuántico de posibilidades infinitas, se estaba gestando una realidad para la que yo no estaba preparada…

Recordé esta anécdota la otra noche mientras me cepillaba los dientes y pensaba en estupideces cometidas. Era una de esas noches de uno de esos días en los que las cosas no han ido muy bien y te miras al espejo en busca de imperfecciones que reafirmen la baja autoestima que suele surgir cuando menos falta hace… Pero, lo que parecía una anécdota de constatación de tonterías realizadas…de repente se convirtió en una señal, en un inestimable ejemplo de lo que es el miedo al éxito. ¿Realmente estamos preparados para el éxito en nuestra vida? Deseamos un montón de cosas pero, si se nos concedieran de repente…. ¿sabríamos gestionarlas?

Un millón de preguntas surgieron a borbotones….

¿Estamos programados para el fracaso, para la carencia…? Si la epigenética no se equivoca… ¿estamos todavía viviendo en estados del ser propios de una guerra civil o de una posguerra? En el árbol genealógico de muchos de nosotros, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros abuelos, ni nuestros padres supieron lo que era una vida privilegiada y llena de éxitos… ¿y si hemos heredado una información genética que nos conduce al fracaso porque es ahí, en la incertidumbre, en la pena, en la carencia…donde se mueve como pez en el agua? ¿Y si no podemos ser felices porque se desactivó hace varias generaciones el programa que descodifica la frecuencia del éxito, de la alegría y la felicidad en nuestro cerebro? ¿Quién tiene los “drivers” para instalarnos de nuevo el software de la prosperidad?

Todo esto me recuerda a otro fenómeno de los ochenta: Mazinger Z. El protagonista, Koji Kabuto, hereda de su abuelo un gigantesco robot que no sabe cómo manejar…pero con la voluntad y la perseverancia (y la ayuda de Afrodita A….todo hay que decirlo) consigue conducir al androide y luchar contra los “malos”.

Voluntad, perseverancia….y Amor: tres pilares sobre los que construir un nuevo yo que lleve instalada de serie la LIBERTAD que permite una verdadera capacidad de ELECCIÓN. ¿Por qué no dejar de ser usuarios de nuestros viejos programas y comenzar a diseñar nuestro propio software?

No fueron los ojos verdes los que me asustaron…fue mi propio sistema de creencias: esa es la verdadera Kryptonita…capaz de debilitar al mismísimo Superman.

miércoles, 20 de marzo de 2013


La lógica presencia de un poema




Me gusta la palabra “presencia”. Es la cualidad de estar “delante de”. Por lo tanto, la presencia indica que eres ante todo, el observador.

Escucho constantemente a unos y otros hablar sobre “el poder del ahora”, sobre la importancia de estar ‘aquí y ahora’, sobre las beneficiosas consecuencias de vivir el presente… pero nada es para mí tan definitivo como la experiencia de la presencia.

Me enseñaron hace mucho tiempo la importancia de este concepto. La lección me la dio un profesor de matemáticas en la universidad.

Por aquel entonces yo solía autodefinirme a golpe de etiqueta, y había asumido con cierta dignidad aquello de ser más de letras que la sopa de los pasatiempos. De repente, en 4º curso de carrera, me vi ante la amarga prueba de enfrentarme a una asignatura que procedía de una rama de las ciencias lógico- matemáticas: Estadística. Era la oveja negra de las Ciencias de la Información. En clase, nos hacíamos cruces sólo de pensar en ella. Nos preguntábamos quien sería el “friki” que nos intentaría adentrar en el tenebroso mundo de los números. Entonces…llegó él a las aulas.

Se rumoreaba que era un profesor de matemáticas de la UPV (Universidad Politécnica de Valencia), concretamente de “Teleco”…y eso sonaba aterrador.

Recuerdo el primer día de clase: pensé que le había diseñado una agencia de publicidad para anunciar la máquina del tiempo… Esa abundante cabellera canosa, ese bigote anacrónico, esas gafas… ¡era el matemático con más pinta de matemático que había visto en mi vida!
Antes de que pronunciara su primera palabra… yo ya me había dado por suspensa. Tenía razones de peso para tal actitud derrotista: arrastré hasta COU las matemáticas de 1º de BUP (esto…que quede entre nosotros).

El intrépido docente, no obstante, irradiaba un halo de elegancia caballeresca que rompía el esquema peliculero de ‘profesor chiflado’. Este hombre guardaba un as en la manga… Para colmo de mis sospechas, alguien me contó que fue famosa una charla suya en la que hablaba de las matemáticas ocultas en el libro “Alicia en el País de las Maravillas”. Yo no tenía ni la más mínima idea de ‘ocultismo matemático’, pero me sonaba a algo extremadamente interesante…

Las primeras clases de Estadística nos sonaban a arameo….y la estampida no tardó en producirse. La ausencia de alumnos en la clase, me causaba cierto alivio. Me consolaba pensar que otros, más que darse por suspensos,  se daban por “discapacitados”… y yo, que soy orgullosa por la gracia de Escorpio (ascendente Escorpio y la luna en Leo), sabía que estaba más que capacitada… para intentarlo. Así que tomé la firme decisión de no rendirme.

Un día, después de varias clases con un alto porcentaje de sillas vacías, el profesor tomó cartas en el asunto (digo yo que se dispuso a mejorar las “estadísticas” de la clase de Estadística) y nos sorprendió una mañana llenando la pizarra de letras. Sí, de letras y no de números. Nos dedicó a los presentes… ¡un poema! Un poema de Jorge Manrique que dice así:

“Quien no estuviere en presencia,
no tenga fe en confianza,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.

Quien quisiere ser amado,
trabaje por ser presente,
que cuan presto fuere ausente,
tan presto será olvidado:
y pierda toda esperanza
quien no estuviere en presencia,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia”

En algún momento se borró aquel poema de la pizarra…pero nunca se borró de mi mente. Quedó grabado para siempre, al igual que el sentimiento de profundo agradecimiento que despertó en mí por la lección recibida aquel día.

En silencio, cumplí mi parte del trato…y descubrí que sí, que yo podía. Al finalizar el curso, mi nota media fue de Notable en la asignatura “maldita”.

Gracias, querido profesor, por enseñarme que si aplicamos el sentido común… las “estadísticas” siempre nos serán favorables.

Gracias por mostrarme la lógica presencia de un poema.

PD: Dedicado a D. Vicente Montesinos.