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sábado, 20 de abril de 2013


El momento kryptonita






Corría el año ochenta y algo (lo de “corría” es un decir, ya que por aquel entonces, el tiempo parecía caminar a la pata coja… ¿qué habrá sido de aquellos larguísimos veranos?). Era la época en la que solíamos invertir muchas horas del fin de semana comiendo pipas en los oxidados bancos de la avenida o chupando regaliz en el cine los domingos por la tarde, viendo a los Gremlins, Karate Kid o Regreso al futuro.

A mí me gustaba un chico (bueno, me gustaban varios…pero éste era uno de mis favoritos). Era algo mayor que yo. Se llamaba Agustín y tenía un Vespino blanco….y un par de ojos verdes). Como yo tenía unos 12 años y pocas conexiones neurológicas todavía, no ejercitaba mucho la prudencia a la hora de hablar de mis amores platónicos. Vamos que….el chico se enteró y una tarde calurosa de domingo se plantó delante de mí en plena calle con su Vespino blanco y sus ojos verdes y tuvo la osadía de decirme: “¡Hola! ¿Qué tal?”. 

Recuerdo que le daba el sol en los ojos que pasaron de verde normal a kryptonita…y el Vespino blanco se convirtió en un corcel galopando por el bosque. Aquella “experiencia religiosa” me provocó un bloqueo en mi inmaduro lóbulo frontal y lo único que supe hacer fue salir pitando de aquel escenario que me estaba matando de éxito. Sí, eche a correr como una yegua desbocada. Corrí por aquella de repente interminable avenida con los cachetes encendidos de rojo vergüenza. 

Me había imaginado mil escenas románticas con nosotros dos como personajes protagonistas…pero daba por hecho que jamás se harían realidad…todavía no había leído nada sobre el poder del pensamiento…no sabía nada de física cuántica, pero resultó que, en el campo cuántico de posibilidades infinitas, se estaba gestando una realidad para la que yo no estaba preparada…

Recordé esta anécdota la otra noche mientras me cepillaba los dientes y pensaba en estupideces cometidas. Era una de esas noches de uno de esos días en los que las cosas no han ido muy bien y te miras al espejo en busca de imperfecciones que reafirmen la baja autoestima que suele surgir cuando menos falta hace… Pero, lo que parecía una anécdota de constatación de tonterías realizadas…de repente se convirtió en una señal, en un inestimable ejemplo de lo que es el miedo al éxito. ¿Realmente estamos preparados para el éxito en nuestra vida? Deseamos un montón de cosas pero, si se nos concedieran de repente…. ¿sabríamos gestionarlas?

Un millón de preguntas surgieron a borbotones….

¿Estamos programados para el fracaso, para la carencia…? Si la epigenética no se equivoca… ¿estamos todavía viviendo en estados del ser propios de una guerra civil o de una posguerra? En el árbol genealógico de muchos de nosotros, ni nuestros bisabuelos, ni nuestros abuelos, ni nuestros padres supieron lo que era una vida privilegiada y llena de éxitos… ¿y si hemos heredado una información genética que nos conduce al fracaso porque es ahí, en la incertidumbre, en la pena, en la carencia…donde se mueve como pez en el agua? ¿Y si no podemos ser felices porque se desactivó hace varias generaciones el programa que descodifica la frecuencia del éxito, de la alegría y la felicidad en nuestro cerebro? ¿Quién tiene los “drivers” para instalarnos de nuevo el software de la prosperidad?

Todo esto me recuerda a otro fenómeno de los ochenta: Mazinger Z. El protagonista, Koji Kabuto, hereda de su abuelo un gigantesco robot que no sabe cómo manejar…pero con la voluntad y la perseverancia (y la ayuda de Afrodita A….todo hay que decirlo) consigue conducir al androide y luchar contra los “malos”.

Voluntad, perseverancia….y Amor: tres pilares sobre los que construir un nuevo yo que lleve instalada de serie la LIBERTAD que permite una verdadera capacidad de ELECCIÓN. ¿Por qué no dejar de ser usuarios de nuestros viejos programas y comenzar a diseñar nuestro propio software?

No fueron los ojos verdes los que me asustaron…fue mi propio sistema de creencias: esa es la verdadera Kryptonita…capaz de debilitar al mismísimo Superman.

miércoles, 20 de marzo de 2013


La lógica presencia de un poema




Me gusta la palabra “presencia”. Es la cualidad de estar “delante de”. Por lo tanto, la presencia indica que eres ante todo, el observador.

Escucho constantemente a unos y otros hablar sobre “el poder del ahora”, sobre la importancia de estar ‘aquí y ahora’, sobre las beneficiosas consecuencias de vivir el presente… pero nada es para mí tan definitivo como la experiencia de la presencia.

Me enseñaron hace mucho tiempo la importancia de este concepto. La lección me la dio un profesor de matemáticas en la universidad.

Por aquel entonces yo solía autodefinirme a golpe de etiqueta, y había asumido con cierta dignidad aquello de ser más de letras que la sopa de los pasatiempos. De repente, en 4º curso de carrera, me vi ante la amarga prueba de enfrentarme a una asignatura que procedía de una rama de las ciencias lógico- matemáticas: Estadística. Era la oveja negra de las Ciencias de la Información. En clase, nos hacíamos cruces sólo de pensar en ella. Nos preguntábamos quien sería el “friki” que nos intentaría adentrar en el tenebroso mundo de los números. Entonces…llegó él a las aulas.

Se rumoreaba que era un profesor de matemáticas de la UPV (Universidad Politécnica de Valencia), concretamente de “Teleco”…y eso sonaba aterrador.

Recuerdo el primer día de clase: pensé que le había diseñado una agencia de publicidad para anunciar la máquina del tiempo… Esa abundante cabellera canosa, ese bigote anacrónico, esas gafas… ¡era el matemático con más pinta de matemático que había visto en mi vida!
Antes de que pronunciara su primera palabra… yo ya me había dado por suspensa. Tenía razones de peso para tal actitud derrotista: arrastré hasta COU las matemáticas de 1º de BUP (esto…que quede entre nosotros).

El intrépido docente, no obstante, irradiaba un halo de elegancia caballeresca que rompía el esquema peliculero de ‘profesor chiflado’. Este hombre guardaba un as en la manga… Para colmo de mis sospechas, alguien me contó que fue famosa una charla suya en la que hablaba de las matemáticas ocultas en el libro “Alicia en el País de las Maravillas”. Yo no tenía ni la más mínima idea de ‘ocultismo matemático’, pero me sonaba a algo extremadamente interesante…

Las primeras clases de Estadística nos sonaban a arameo….y la estampida no tardó en producirse. La ausencia de alumnos en la clase, me causaba cierto alivio. Me consolaba pensar que otros, más que darse por suspensos,  se daban por “discapacitados”… y yo, que soy orgullosa por la gracia de Escorpio (ascendente Escorpio y la luna en Leo), sabía que estaba más que capacitada… para intentarlo. Así que tomé la firme decisión de no rendirme.

Un día, después de varias clases con un alto porcentaje de sillas vacías, el profesor tomó cartas en el asunto (digo yo que se dispuso a mejorar las “estadísticas” de la clase de Estadística) y nos sorprendió una mañana llenando la pizarra de letras. Sí, de letras y no de números. Nos dedicó a los presentes… ¡un poema! Un poema de Jorge Manrique que dice así:

“Quien no estuviere en presencia,
no tenga fe en confianza,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.

Quien quisiere ser amado,
trabaje por ser presente,
que cuan presto fuere ausente,
tan presto será olvidado:
y pierda toda esperanza
quien no estuviere en presencia,
pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia”

En algún momento se borró aquel poema de la pizarra…pero nunca se borró de mi mente. Quedó grabado para siempre, al igual que el sentimiento de profundo agradecimiento que despertó en mí por la lección recibida aquel día.

En silencio, cumplí mi parte del trato…y descubrí que sí, que yo podía. Al finalizar el curso, mi nota media fue de Notable en la asignatura “maldita”.

Gracias, querido profesor, por enseñarme que si aplicamos el sentido común… las “estadísticas” siempre nos serán favorables.

Gracias por mostrarme la lógica presencia de un poema.

PD: Dedicado a D. Vicente Montesinos.





viernes, 4 de enero de 2013







Queridos Reyes Magos:

 
A punto he estado de dejarme abatir por la materialidad de esta dimensión y creer que la Noche de Reyes es, más o menos, una noche como todas. Pero no, basta el sutil aroma de un recuerdo de la infancia o el inocente comentario de un niño…y vuelve a mí la magia.

Ahora que no me cabe duda de que esta vida es un inmenso tablero de juego, estoy segura de que andáis por ahí, entre planos de existencia, participando en la entrega de regalos que, con nuestra mucha, poca o ninguna conciencia…nos auto-regalamos todos.

Un año más, me devolvéis la memoria y recuerdo que no es que de ilusión también se viva sino que vivimos en una ilusoria realidad. Un año más me llegan los vientos de oriente y me susurran que Melchor, Gaspar y Baltasar están en mí y en todos, crean o no en vosotros.

Si es por pedir…que nunca nos falte la magia.

Una vez más, regaladnos un poco de oro para poder reinar en nuestros sueños y materializarlos. Recuérdanos Melchor, que somos Reyes, máximas autoridades de nuestro cuerpo y gobernantes absolutos de nuestras vidas. Gracias por el oro del poder de nuestra voluntad.

Una vez más, regaladnos un poco de incienso para perfumar nuestras alas. Recuérdanos Gaspar, que nuestra esencia es divina y es sagrada. Que somos todo y somos uno. Como  dioses, jugamos a este juego y creamos nuestra propia realidad. Gracias por el incienso que despierta nuestra conciencia.

Una vez más, regaladnos un poco de mirra para embalsamar y enterrar los pensamientos y actitudes que ya no nos sirven. Recuérdanos Baltasar nuestra humanidad. Nuestra condición de seres humanos que sienten, se emocionan, cometen errores, asumen debilidades, respetan e incluso…aman. Gracias por la mirra que envuelve los cuerpos que demostraron su capacidad para amar.

Una vez más, recordadnos que todas las noches pueden ser Noche de Reyes….basta con ponerse la corona de la voluntad y mandar a los que nos fastidian a tomar...roscón.
 

domingo, 16 de septiembre de 2012

En un lugar del planeta de cuyo nombre...
sí quiero acordarme



Nadie llega a la isla de Tenerife por casualidad. Bueno, en realidad, nadie llega a ninguna parte por casualidad, pero existen lugares en los que la fuerza del destino parece retumbar en los corazones. Son lugares que actúan como gigantescos amplificadores, como catalizadores de ilusiones, de sueños…y de pesadillas. Tenerife es uno de esos lugares. No se puede esperar menos de una tierra regida por un majestuoso volcán que reside en el centro de la isla y que presume de nombre: Teide, castellanización del vocablo guanche ‘Echeyde’: boca del infierno, o también: morada del maligno.

Poco importa la traducción exacta, todas hablan de lo mismo: del terror que provoca enfrentarse a la imponente belleza destructora de un paraíso con entrañas de fuego. El pico más alto esconde el abismo más oscuro. Ese es el misterio del Teide, nuestro propio descubrimiento. No hay luz sin sombra. No hay sombra sin luz. Por eso Tenerife, esconde el secreto de la resurrección: la capacidad del ser humano para reinventarse a sí mismo, resurgiendo de sus  propias cenizas. Tal vez sea ese el secreto del Grial: reconocer nuestra propia divinidad. Reconocer nuestro propio vórtice interior, ese desde el cual podemos llegar hasta lo más alto o adentrarnos en lo más profundo. Todos llevamos un "Teide" dentro. Por eso, cuando pones un pie en la isla de la ‘montaña blanca’, estás dando un paso hacia la boca del infierno para reencontrarte contigo mismo en el paraíso.

Tal día como hoy, hace diez años…aterricé es esta tierra con un par de maletas: una cargada de ilusiones y la otra de incertidumbres. No podía imaginar lo bien y lo mal que lo iba a pasar. No podía imaginar las “pruebas de fuego” que me esperaban ni los regalos que iba a recibir. Sigo con las mismas maletas, una década después, aunque las ilusiones y las incertidumbres que llevo dentro son bien distintas… Sin embargo, una de mis grandes certezas ahora, es que Tenerife formará siempre parte de mi historia, y aquellas personas que han compartido y/o comparten el camino conmigo en esta “afortunada” isla, están y estarán siempre archivadas en mi cerebelo…y en mi corazón.

Gracias a los que me recibisteis y me acogisteis con sinceridad, respeto y cariño. Algunos ya no estáis…pero vuestro recuerdo me acompañará siempre. Gracias a los que me brindasteis vuestro apoyo cuando las circunstancias eran difíciles. Gracias a los que siempre estáis…para todo. Gracias a los que habéis compartido inquietudes… y a los que simplemente pasasteis para compartir unas risas. Gracias a los que me habéis enseñado tantas cosas que yo desconocía. Gracias a todos y cada uno de vosotros. Vuestra presencia en mi camino ha sido y es un honor y un regalo.

 

 

viernes, 1 de junio de 2012

"Lo que cuenta es la intención":
Primer Mandamiento del Terrorismo Psicológico



El otro día recibí uno de esos doscientos mil millones de correos electrónicos que te desean toda la felicidad del mundo pero que si no lo reenvías a tropecientas personas un rayo maléfico caerá sobre ti y tu vida será un infierno por siempre jamás. En este mensaje en concreto, se me rogaba encarecidamente que no rompiera la ‘cadena de amor’ o…me quedarían 7 días de vida. De esto hace ya un par de semanas…

Cuando me llega una de estas ‘buenas intenciones virtuales’, suelen pasar dos cosas: que vayan directamente al ciberespacio,  vía papelera de reciclaje o que vayan directamente a quien me la envió con una notita en la que se ruega que impriman su ‘cadena de terrorismo postal’, la enrollen cuidadosamente y se la introduzcan por el orifico corporal que  más les apetezca.

Y es que el planeta está plagado de gente con ‘buenas intenciones’ y aprovechan la Red para emborronar la línea que separa las verdades como templos de las trolas como catedrales.

Pero, pensándolo bien, no hace falta ser usuario de Internet para poder dar fe y testimonio de lo malvadas que pueden llegar a ser las ‘buenas intenciones’.

¿Quién no ha metido la pata hasta el pescuezo y después se ha excusado con la  choteada frase  de “pero si lo hice con la mejor intención”?

Existen frases que por viejas creemos que son verdades y las usamos inconscientemente como dogmas de fe. Afirmaciones como ‘lo que cuenta es la intención’ (primer mandamiento del Terrorismo Psicológico), son utilizadas como escudo protector frente a cualquier tipo de responsabilidad y eso, sencillamente…no vale.

En nuestro día a día cuenta la intención y cuenta el resultado, pero sobre todo cuenta nuestra capacidad de tomar conciencia de lo que hacemos y decimos. Es la única manera de aprender y no volver a cometer el mismo error.

Uno de los ‘trajes típicos’ de la falta de reconocimiento de la propia responsabilidad es el de la “ayuda”. A diario nos encontramos con personas afanadas en ayudar a todo el mundo, sin que nadie se lo pida. Estas personas, como Bush, confunden ayudar con invadir… (frase ‘plagiada’ de un capitulo de la serie 7 Vidas) y, normalmente, cuando se empeñan en resolverle la vida a todo el mundo, se olvidan de resolver sus propios asuntos. Eso sí, en  cuanto salta la alarma, no dudan en aferrarse al viejo recurso de las buenas intenciones: “después de todo lo que he hecho por fulanito o menganito,…si todo lo que he hecho ha sido por su bien…” Y entonces, se produce el colmo: el personaje en cuestión no sólo no se percata de su error y su falta de responsabilidad sino que además se cree víctima de una injusticia.

En resumidas cuentas, quizá la próxima vez que alguien tenga la tentación de enviar un e-mail cargado de “buen rollito”, o tenga cualquier otra “buena intención”, deba antes ponerla por escrito…en un rollo de papel higiénico.

martes, 17 de abril de 2012

“Si la vida te da un limón, hazte una limonada”


Celia, preocupada, lanzó un mensaje a través de su Facebook: “…pero, ¿tan mal están las cosas en España?”. Al parecer hasta la Gran Bretaña se hace eco de lo mal que andan por aquí las cosas…y sí, el rey cazando elefantes…

El futuro siempre se presentará oscuro para aquellos a los que les siga costando comprender que “el mejor modo de predecirlo es….inventándolo”.

Un cambio de perspectiva nos ayudaría mucho en estos tiempos de “crisis”. Como dice mi amiga Natividad, nunca digas que tienes un problema, di que estás viviendo una “experiencia de alto nivel de aprendizaje”.

Cuando tenía doce años, leí un libro de Dale Carnegie que ya hace un porrón de años estaba escrito hacía otro porrón de años. Este señor dedicaba un capítulo entero de su libro a explicar de una forma asombrosamente sencilla (lo entendí yo perfectamente y, repito, tenía doce años) lo que más tarde se ha llamado concepto de “resiliencia”.

Hace tiempo que me convencí de que en materia de “crecimiento personal” no hay mucho nuevo bajo el sol y el ejemplo de la resiliencia lo confirma. 

Según los “entendidos” la resiliencia es “la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecido y alcanzando un estado de excelencia profesional y personal. Desde la Neurociencia se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión. Esto les permite una sensación de control frente a los acontecimientos y mayor capacidad para afrontar retos (Instituto Español de Resiliencia). La Resiliencia, es el convencimiento que tiene un individuo o equipo en superar los obstáculos de manera exitosa sin pensar en la derrota a pesar que los resultados estén en contra, al final surge un comportamiento ejemplar a destacar en situaciones de incertidumbre con resultados altamente positivos”.

Me alegra saber que la psicología y la neurociencia se ocupan de este asunto. Tal vez resulte más técnico y más intelectual (últimamente veo por todas partes asombrosas teorías “de cajón” intelectualizadas hasta el absurdo…pero eso daría para otra entrada). Pero lo que más me tranquiliza es que alguien, en los años treinta del siglo pasado,  definió la resiliencia de una manera tan simple que hasta una niña de doce años podía entenderle: “Si la vida le da un limón, hágase una limonada”.

No es la primera vez, ni espero que sea la última, que atravesamos una crisis. Y es un regalo porque las crisis preceden al cambio y cambiar es necesario. Cambiar es evolucionar.  Se nos presenta una oportunidad única para replantearnos nuestra vida y nuestro sistema de creencias.

Pongamos la maquinaria de la creatividad en funcionamiento y dejemos de echar la culpa a los “malos” (recordemos el principio de Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”).

Pero, ¿por dónde empezar? ¿Cómo salvar al planeta? Muy fácil: sálvate a ti. Cuídate; quiérete; respétate; conócete; reconoce tu sombra y acéptala; come mejor; duerme mejor; RESPIRA; sonríe más; olvídate de lo que no has conseguido hasta ahora y céntrate en lo que puedes conseguir a partir de ahora; limpia y ordena tu mesa, tu cuarto, tu despacho, tu casa, tu coche; deshazte de lo que ya no te sirve; recicla; pide las cosas por favor; di GRACIAS; córtate el pelo; date un masaje; obsérvate; observa a los que te rodean;  besa más; abraza más; escucha música que te “eleve”; alimenta tu alma con buena lecturas; selecciona como un “gourmet” lo que ves en la televisión; abre más tu mente y cierra más tu boca; actúa más y quéjate menos…

Entonces, ¿de verdad, seguimos creyendo que no podemos hacer nada?

domingo, 11 de marzo de 2012

La primera piedra del muro



La Revolución Francesa nos dejó tres palabras inolvidables. Fueron tres gritos que salían de las entrañas de un pueblo harto ya de injusticias: Libertad, Igualdad y Fraternidad. En aquel entonces no hacían distinción de géneros. Sin embargo, siglos más tarde y gracias, cómo no, a la inestimable colaboración de los medios de desinformación masiva, expertos en marear la perdiz según convenga, hablamos de igualdad  de géneros y celebramos el día de la mujer como si el hecho de haber nacido con un determinado sexo implicara una superioridad implícita.

 El Día de la Mujer Trabajadora no es una celebración exactamente, bajo mi punto de vista. Es una jornada de reflexión y conmemoración que honra el recuerdo de aquellas mujeres que a lo largo de la historia tuvieron que pagar con su vida cuando intentaron reclamar sus derechos como seres humanos. Claro que, la Historia también está plagada de hombres que dieron su vida por defender los derechos fundamentales del ser humano…

Ese tipo de conmemoraciones están bien, claro que sí…pero esas otras “celebraciones” estilo anuncio de compresa, sinceramente, me parecen un paso atrás. Ese “orgullo” de mujer y esa exigencia de la “igualdad” con respecto al hombre, me parecen falsos, postizos, hipócritas. No se puede pasar de curso con un sobresaliente en igualdad, un cuatro en libertad y un cero en fraternidad.  La verdadera Revolución es una revolución de la Consciencia y esa consciencia es la que hace que prioricemos nuestra libertad interior y nos confraternicemos con nuestros semejantes, exigiendo igualdad para todos. Qué igualdad hemos conseguido si nos hemos convertido en esclavas del reloj y del sistema. De qué nos sirve la independencia económica si viene acompañada de la dependencia a los ansiolíticos, a los antidepresivos, a los anticelulíticos….Dependemos de nuestras, madres, suegras y de todo un séquito para que atiendan a nuestros hijos y a nuestras casas. Dependemos de la imposición social de ser madres perfectas, profesionales competitivas y expertas amantes. Sufrimos la tiranía de las modas y de Dios sabe cuantas cosas más…pero aún así presumimos de “independencia económica”.

Y la violencia…la violencia, déjenme que les cuente un secreto: no tiene género. La violencia es un desequilibrio que hay que afrontar y superar en una sociedad y no, no tiene género…por más que se empeñen los políticos. Las personas nos matamos unas a otras, nos maltratamos física, psíquica y emocionalmente en todos los géneros habido y por haber. Y dividir los derechos fundamentales del ser humano en rosas y azules es una estupidez más del ser humano.

 Un ejercicio que deberíamos hacer las mujeres es la práctica de la fraternidad como antesala de la igualdad, porque es ahí donde patinamos que da gusto…

¿Cómo podemos exigir que el hombre nos respete si entre nosotras nos traicionamos continuamente?  Paradójicamente somos poco “generosas” con las de nuestro “género”…

Dicen que es producto del machismo el que las mujeres seamos tan competitivas entre nosotras. No lo sé. Pero, una culpa tan grande no puede ser toda del hombre…

Echemos un vistazo a nuestro alrededor y observemos cómo son las relaciones entre las mujeres que conocemos: madres e hijas, nueras y suegras, cuñadas, hermanas, compañeras de trabajo, amigas…. ¿Vemos “fraternidad” o vemos luchas de poder por dominar, controlar y manipular a los hijos, a los maridos, a los amantes, a los jefes…a los hombres? ¿Vemos mujeres unidas que se defienden unas a otras o vemos celos, envidias y puñaladas traperas?  Hemos de reconocer que la fraternidad, ese pilar básico de toda revolución, no es definitivamente, nuestro fuerte.

Muchas han sido y son las mujeres que luchan por un mundo mejor,  pero nos sorprendería conocer el “género” de quien siempre les suele tirar la primera piedra… La misma piedra con la que se construyen los muros que nos separan a unos de otros.